sábado, 15 de septiembre de 2012

El Túnel del tiempo. (Recuerdos de la campaña de la Breña de Antonia Moreno Leyva de Cáceres)


Andrés Avelino Cáceres Dorregaray salva de varios intentos de asesinato.

El general Andrés Avelino Cáceres durante su campaña en las breñas andinas, sufrió varios intentos de asesinato por parte de las fuerzas enemigas. Desde un sicario italiano contratado para asesinarlo, hasta el intento de descarrilar los trenes en que se desplazaba con sus Oficiales y familia, salvando por acción de sus informantes, así como la lealtad, astucia y habilidad del conductor de la locomotora.

Cuando el sicario italiano ingresó a la tienda de campaña de Cáceres en Chosica, este se encontraba escribiendo sobre su escritorio, de pronto como tocado por un rayo se incorporó y avanzó resuelto hacia su asesino, tomándolo fuertemente de las orejas, lo arrojó al suelo y lo puso de rodillas gritándole “¡Asesino! ¿Ha venido usted a matarme? Aquí estamos solos, si es usted hombre ¡máteme!”.

El sicario italiano ganado por la iniciativa de Cáceres, atolondrado y asustado al verse descubierto, se zurró en los pantalones. Los oficiales de Cáceres, lo desarmaron y encontraron dentro de sus ropas un puñal, lo redujeron a prisión y en espera de someterlo a un Consejo de guerra, lo que no se pudo realizar, por la persecución iniciada por las tropas chilenas, basado en su ventaja numérica y estaban acercándose a su campamento. El sicario aprovechó la confusión para huir.

Otro episodio que se repitió en varias ocasiones, un día en que se desplazaban por tren junto a su familia y oficiales en una excursión, de pronto se detuvo el tren con un ligero estremecimiento, causando alarma a los pasajeros, de inmediato los oficiales bajaron a inspeccionar junto al maquinista el norteamericano Enrique Tucker quien había observado una gran piedra en medio de la riel, parando en seco la locomotora, salvando a los pasajeros de un accidente fatídico.

El maquinista Tucker se había identificado con la lucha de Cáceres, este lo admiraba, “Se había hecho proverbial la devoción de Tucker por Cáceres y todos lo habían confirmado con el apodo de ´Cáceres el chico´”. Se vivieron momentos de alarma por este hecho inusual, sin dudas propio de un atentado,  luego se arregló el obstáculo y el viaje prosiguió, sin dejar de extremar las medidas de seguridad.

Por otro lado, la situación de abastecimiento de armamento y municiones para este ejército, era escaso y con el viaje de Antonia Moreno se había perdido un contacto importante en Lima. Sin embargo,  frente a ello no faltaba el entusiasmo y valentía de los jóvenes patriotas que acompañaban a Cáceres en su cometido. En Chosica se desató una epidemia de tifus que afectó a las tropas de Cáceres disminuyéndolas considerablemente.

Todos estos factores y condicionantes, obligaron a Cáceres, a evacuar el acantonamiento de Chosica  y dirigirse hacia Matucana. Posteriormente trepando los Andes, llegar a Chicla, trasmontar la cordillera hacia la Oroya y finalmente al valle de Tarma.

Cuando el sicario italiano llegó al campamento de Cáceres este ya se había informado por su vasta red de informantes conformado por hombres y mujeres nativas que recorrían el campamento chileno vendiendo objetos y fruta. Los oficiales de su estado mayor le advirtieron sobre la presencia de este individuo y le solicitaron tomarlo preso de inmediato, Cáceres ordenó que se retiraran porque él iba a recibir personalmente a su asesino.

Como relata Antonia Moreno al referirse a la red de informantes de su esposo, “Las indias del Perú tenían culto por Cáceres; le llamaban ´Taita´ (padre)”. Según observación de la esposa de Cáceres, las mujeres jóvenes que seguían a los soldados, los asistían como enfermeras, lavanderas y cocineras. “Entre estas, había algunas muy inteligentes y listas: fingían no saber castellano, cuando iban al campamento chileno, hablando entre ellas solo en quechua…, mientras les vendían fruta escuchaban todo lo que aquellos decían”. La barrera del idioma fue una gran ventaja que hábilmente explotó Cáceres. 

Previos días al incidente de la captura del sicario italiano, una de estas indígenas se le acercó a Cáceres y le expresó llorando “Taita cuídate. He oído que los chilenos que vendrá un italiano a matarte. Como creen que no hablo castellano, no hacen caso de mí”; Cáceres viendo que la muchacha sollozaba a cantaros, de inmediato la tranquilizó “No me matarán porque tomaré precauciones. Anda nomás tranquila y no llores”.

Esta advertencia fue confirmada después por una información que le llegó desde Lima enviada por el Conde Larco, José Alberto, quien tenía fácil acceso a Palacio de Gobierno, era extranjero y amigo de Patricio Lynch, por casualidad oyó la conversación sospechosa y de inmediato la hizo conocer a Cáceres.

Continuará…

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