miércoles, 24 de mayo de 2017

Reacción patriótica a la declaratoria de guerra chilena






Desde el día 2 de abril de 1879, en que se reunió el Congreso chileno en Santiago, circularon versiones extraoficiales sobre la declaratoria de guerra al Perú al término de la misma. Conocida la decisión del gobierno de Chile, en nuestro país, hubo muchas reacciones, todas en contra de la misma. Recién el 5 de abril de ese año, el gobierno chileno declara la guerra oficialmente.

Al conocerse extraoficialmente la declaratoria de guerra La prensa nacional inició una campaña mediática de crítica y ataque a la decisión chilena. No solo los diarios se enfrascaron en esta campaña, hubo mítines en diferentes lugares de la capital, oradores cuyo discurso estuvo en contra de los dirigentes chilenos. El diario La Patria se sumó a esta campaña que, no estuvo exenta de insultos y epítetos contra la actitud chilena, que nos arrastraba a una guerra indeseable y traidora.

Queremos a continuación reproducir el editorial del diario La Patria del 5 de abril de 1879, porque su contenido nos hará conocer, cómo este diario abordó este grave conflicto y podrán establecer, la forma cómo se manifestaban los sentimientos de la población y algunos personajes destacados que, unieron la acción a la palabra con gran desprendimiento en defensa de nuestro país.  

El diario La Patria de Lima, el 5 de abril de 1879 en su editorial titulado “Actitud del país- primeros resultados de la guerra”, expresa los siguiente:

“Si ya de suyo no fuera la guerra una calamidad lamentable, habríamos de creer que era el mayor de los beneficios al contemplar, no diremos el entusiasmo patriótico que bulle en todos los corazones, sino, lo que es más digno de notarse la alegría y la satisfacción que se pinta en todos los semblantes.

A Chile le debemos ese extraño fenómeno que es el resultado necesario de una serie de antecedentes cuyo estudio tiene un alto interés americano. Chile nos ha lanzado a la resolución de un problema reservado durante muchos años y puesto en el caso de definir el eterno antagonismo que se ocultaba bajo las apariencias de una cordialidad ficticia.

El pueblo peruano conocía por instinto que Chile era y decía ser su émulo eterno, que sus intereses jamás se ligarían estrechamente con lo de aquel pueblo precisamente porque era punto menos que imposible el que marcharan ambos en el mismo nivel, ni alcanzaran ambos igual preponderancia.

Los celos de Chile, su vanidad jactanciosa, su tendencia a llevar la primera voz en el concierto americano, la insoportable petulancia que forma la parte esencial del carácter chileno y aquella solapada artería con que siempre se ha atravesado en el camino de nuestro progreso o en el acrecentamiento en nuestro poder, no podían menos que ahondar diariamente el abismo de separación que las doradas apariencias de su diplomacia ocultaba y que la nobleza de nuestro carácter a prueba de infinitas decepciones, quiso conservar en nombre de los sagrados deberes que el americanismo impone.

A ese cúmulo de circunstancias que son separadamente una causa para acentuar el antagonismo entre los dos pueblos, se une otra de carácter más trascendental e importante. Chile infería un verdadero ultraje al derecho, resucitando la conquista; su abuso de fuerza sublevó a todos los ánimos; sus alardes jactanciosos le granjearon la antipatía general.

El Perú recibía una notificación injuriosa con el desmembramiento del territorio que servía de punto de apoyo, en donde se contrabalanceaba el poder de los pueblos peruano y chileno, y rompía el dique señalado a cada uno ocasionando el desborde que tocaba ya a nuestras puertas.
Y sin embargo, aún no se agotaban de nuestra parte todos los medios de conciliación y todos los arbitrios conducentes a la paz, comprimiendo los estallidos del sentimiento y las manifestaciones de la indignación, y pasando como el que tiene la fuerza de la razón y la razón de la fuerza, por ultrajes que hacían hervir la sangre en las venas.

La declaratoria de guerra partiendo de Chile, era pues la montaña de cuyo peso se libraban a nuestras conciencias; era la exhibición voluntaria que sus hombres hacían de su moralidad política, de sus alcances, de la calidad de su táctica, de la deslealtad de su conducta, de la solapada diplomacia de cuarenta años y, en fin era el desenmascaramiento de un enemigo eterno, y el advenimiento de una época esperada y deseada con ansia, época de definición de poderes y época de prueba de cuánto vale y con cuánto puede contar cada uno de los pueblos colocados hoy frente a frente.

He ahí la razón de esa alegría inusitada que se manifiesta en todas partes y por todos unánimemente ha cambiado la paz de las cosas, y que a cada paso nos obliga a enjugar los ojos, a donde la grandeza de las acciones, la nobleza de los arranques que se repiten momento a momento, hace afluir las lágrimas de la emoción patriótica.
Benditas esas lágrimas que de santa causa proceden; ¡bendita esa manifestación del alma que vive y se agita al impulso de los grandes sentimientos y que es la expresión de ese cúmulo de impresiones ardorosas, que como los vapores levantados por el calor del día cae en benéfica lluvia sobre los campos!

Nosotros no hemos podido ver sin emoción los actos de abnegado patriotismo que en interminable serie se presentan a la contemplación pública.

Ayer se realizó uno que merece consignarse con especial interés. S.E. recibió el ofrecimiento hecho por el señor doctor don Melitón Porras, ofrecimiento de toda su cuantiosa renta, separando lo indispensablemente necesario para el sustento de su familia. Algo más, autorizaba al gobierno a vender todas sus propiedades si las necesidades de la guerra lo exigían y se ponía él y ponía a sus hijos a disposición del gobierno.

Sangre, afecciones, riquezas, intereses, expectativas, comodidades: todo lo sacrifica en aras de la patria y va todavía con su presencia a ratificar su solicitud escrita. Si acciones de esta especie, no han exaltado el orgullo patriótico y conmover profundamente el corazón de los que sienten sus latidos, no hay ninguna que merezca alcanzar tales resultados.

El Presidente de la República no puede menos que estrechar en sus brazos al abnegado patricio y decirle: ‘Debéis estar seguro que cuatro millones de almas, con lágrimas de entusiasmo agradecen la noble abnegación de que acabáis de dar tan elocuente testimonio y que tiene ya una página de oro en la historia del Perú. Yo como Jefe de Estado os doy las gracias y acepto vuestro ofrecimiento; ese es el lenguaje del patriotismo y el hecho noble del peruano en estas circunstancias’.

Qué más podríamos agregar nosotros que no fuera pálido y débil ante las elocuentes palabras del Jefe de Estado.

¿Cómo no sentirse orgullosos cuando vemos a la juventud más selecta de Lima, a aquella de quien dijera Olmedo: ‘Son esos los garzones delicados, entre seda y aromas arrullados’ ofrecerse al gobierno en calidad de soldados, costeando su equipo, sus armas y sus caballos, y atendiendo por sí mismo sin gravamen del erario a su mantenimiento’.

Esa brillante juventud se apresta a servir de escolta al Presidente de la República y a salir con él a (…).
Y a la vez que acción tan laudable se realiza, un digno magistrado de la Corte Superior de Lima, el Doctor Don Javier Mariátegui, cede la cuarta parte de su renta en servicio de la guerra, y los empleados de los consejos municipales y los de los ministerios de Instrucción, Justicia, hacienda y Comercio hacen ofrecimientos análogos.

No se detiene ahí la lista de las manifestaciones patrióticas.
El patriota don Dionisio Derteano ofrece al gobierno 500, 000 soles.
El respetable señor don José V. Oyague ofrece también 200, 000 soles en plata sellada.
El distinguido Sr. Cabada ofrece mantener un número de soldados por su cuenta durante la guerra.

Los bancos y casas de comercio se preparan a depositar el óbolo de su patriotismo en las arcas nacionales, y hasta nuestros huéspedes extranjeros siguen esos generosos impulsos, siendo notable el hecho que un honrado español, el señor don Antonio Cossio, que no disfruta de desahogada posición ofrece cien soles mensuales durante la campaña.

He ahí los beneficios que nos hace la guerra, y de ahí rehabilitado, realzado, engrandecido el sentimiento nacional, a la noticia del reto que nos ha arrojado Chile.
No es solo entusiasmo lo que se experimenta y se ve en todo el país, es verdadera alegría porque se presente días de gloria y resurrección a la noble vida social y política enervada por los odios y recrudescencias de nuestros partidos”.

Después de haber leído, con seguridad ustedes amables lectores, podrán apreciar los ejemplos de desprendimiento y patriotismo, mostrado por algunos personajes que se comprometieron a dar una donación inmediata y los óbolos que se entregaron posteriormente, por ciudadanos de a pie, comerciantes y empresarios, donando dinero, joyas y propiedades, para afrontar los gastos de guerra.


Qué pasó con este dinero que se acopió para sufragar los gastos de guerra y las compras de armamento, equipo y munición más urgente; no se sabe nada, es un misterio. Nuestra patria, tuvo que afrontar una guerra que no había buscado; pero, se veía inmerso en ella, por cumplir un compromiso antelado, el tratado defensivo firmado con Bolivia, durante el gobierno de Manuel Pardo. 

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