miércoles, 12 de diciembre de 2007

Los Hijos de la violencia y el juzgamiento a Fujimori.


José Guadalupe es hijo de un Oficial del Ejército muerto violentamente en una emboscada terrorista en Vilcas Huamán en 1988, casado, estaba con sus hijos pequeños y su madre en la sala de su hogar. Lo que vieron sus ojos en la pantalla del único televisor que tiene en la casa, no lo podía creer, pero sus ojos no lo engañaban, sí era él, allí estaba sentado el ex presidente Fujimori, frente a sus juzgadores.

María del Carmen es una señora ayacuchana de 65 años, desplazada por el terrorismo desde 1987, vive en San Juan de Lurigancho en el barrio de los huantinos, ella perdió a su marido cuando los terroristas ingresaron a su comunidad, hicieron un juicio popular y asesinaron violentamente a todos los varones mayores, entre ellos al jefe del comité de defensa, su esposo, por colaborar con el ejército. Ella miraba concentrada la televisión, muy extrañada del juzgamiento a Fujimori, pensó-el país está al revés-.

Jaime Basaillo es un muchacho de clase media acomodada, que vive en San Borja y cuyos padres son sobrevivientes, heridos por el coche bomba que estalló en la calle Tarata en Miraflores. Cuando sucedió este hecho violento, él era un niño de cinco años, pero a consecuencia de este atentado terrorista ha quedado con una sordera precoz y una esquirla en la pierna que lo obliga a cojear. Ellos perdieron sus bienes.

Qué tienen en común estas personas de distintas latitudes de origen, que no se conocen y son hijos de la violencia senderista, de la partera del historia, igual que miles de peruanos olvidados por el Estado, en el interior aún quedan remanentes de SL coludidos con narcotraficantes, que están reiniciando su guerra contra los ahora más de 27 millones de peruanos, pese al clamor popular hasta la fecha no se ha extirpado a esta lacra, por falta de voluntad política y porque aún existen las enormes contradicciones que permitieron el surgimiento de SL y MRTA.

José recordó de inmediato cómo había muerto su padre, en aquellos años cruentos la vida no valía un Inti. Su padre se desplazaba en un convoy de dos vehículos militares por la carretera, con su patrulla conformada por 20 soldados. Se dirigían a una base contrasubversiva llevando vituallas y el relevo del personal que en la base tenían tres meses de vigilia y patrullaje permanente por los parajes fríos y solitarios de la puna. Esta base fue desactivada en el gobierno de Toledo.

Sorpresivamente en una curva, estalló una carga de dinamita, que voló por los aires al primer vehículo y en su interior al teniente Guadalupe, muriendo en el acto junto con 8 de sus subordinados, los demás integrantes de la patrulla, fueron acribillados y sus cuerpos mutilados a punta de dinamita, como era usual en el violento accionar senderista, fueron repasados por los terroristas, al más puro estilo chileno.

Él quedó huérfano, junto a sus dos hermanas, su madre a punta de esfuerzo y sacrificio, trabajando horas extras, pudo sacarlos adelante, no les faltó el apoyo de los promocionarles, ni de la institución al que pertenecía su padre, pero ello no pudo suplir jamás el cariño, la presencia y amor de su esposo, muerto en acción de armas por el Perú.

Por eso José al recordar estos hechos dolorosas, que su madre le contó, porque era muy pequeño cuando su padre murió asesinado; no podía comprender, lo que observaba en la pantalla de su televisor y menos aún entender la muerte de su padre, se dijo- no sirvió de nada su sacrificio-, allí estaban juzgando a quien el país le debía la tranquilidad de estos años. 25 millones de peruanos sobrevivientes de la gran hecatombe senderista, miraban entre asombrados y compungidos, las imágenes del juzgamiento denominado por algunos medios de comunicación como el juicio del siglo.

El caso de María del Carmen es más triste, pues ella tuvo que desplazarse con sus siete hijos desde Para en Cangallo, hacia la capital, huyendo de la violencia subversiva para buscar el apoyo moral y económico de sus familiares y fundar un pequeño negocio para subsistir en la gran selva de cemento. Sus hijos al igual que muchos desplazados, crecieron desarraigados, no disfrutaron del cariño y apoyo su padre y tuvieron que hacer mil oficios para continuar. En su pueblo se quedaron sus tierras de cultivo, su ganado y sus amigos que le piden regrese, ella dice es tarde para recoger lo que SL destruyó.

Jaime tiene dificultades para desplazarse, debido a su limitación no ha podido establecer una relación amorosa, ha crecido temeroso e introvertido, sabe que de la sordera no se va a recuperar jamás, con ambas limitaciones tendrá que convivir hasta su muerte y sus padres aún sienten en sus oídos y heridas el estallido del coche bomba que los acompaña desde hace 15 años. Viendo el juzgamiento del Fujimori, junto a sus padres, él aún sin escuchar puede inferir lo grotesco de este hecho, solo atina a mover la cabeza en señal de incomprensión.

Porque había que preguntarse, quiénes juzgan a Fujimori hoy, probablemente sean quienes durante esos años cargados de violencia extremista, habrían presuntamente dejado en libertad a muchos subversivos por falta de pruebas. El escenario ha cambiado, ahora sí pueden sentarse con plena seguridad para ejercer su rol de juzgadores, sin el temor recorriendo sus entrañas.
La amnesia colectiva ha invadido los cerebros, ya se olvidaron de los coches bombas, el de Tarata el más emblemático, los cientos de torres de alta tensión derribadas, el secuestro de los niños ashánincas, los secuestros y muerte de empresarios, el cobro de cupos, el asesinato del general López Albújar, los asesinatos selectivos de humildes campesinos, autoridades, militares y policías muertos y sobrevivientes, discapacitados por la violencia de ambos grupos armados.

Así como estos tres personajes de la realidad, muchos peruanos deben estar pensando que, Fujimori realmente fue un iluso, un soñador, quizás un extravagante, un romántico, que luchaba contra un sistema carcomido por la violencia terrorista, de dos grupos violentos alzados en armas, mientras el Estado se debatía en retirada, olvidando su rol fundamental de proteger a todos, con temor y escondiendo su cabeza como el avestruz.

Con seguridad millones de peruanos piensan que, si Fujimori hubiera optado por no tomar la decisión política de luchar contra el terrorismo demencial de SL, nuestro país no existiría, seriamos parte anexada a cualquiera de nuestros vecinos que, veían en nuestra situación un tumor canceroso que debían extirpar de raíz con su intervención, para evita su propagación a otros países. Hoy los juzgadores serían parte de los desplazados en otros países.
Recordemos que en esos tiempos, los jueces valerosos dejaban en libertad a todos los terroristas que eran capturados por la policía, decían por falta de pruebas, tiempo después se sabría que era por temor a las amenazas de los extremistas, así salvaban su pellejo, “dejar hacer, dejar pasar” ; durante el gobierno de Fujimori tuvieron que crear los jueces sin rostro para juzgar a los terroristas.
Se abrió el telón, ingresaron los jueces, fiscales, defensores, familiares de los presuntos terroristas muertos en la Cantuta y Barrios Altos, así como los familiares y amigos del ex presidente Fujimori. Al centro de la sala el ex presidente está y estará por largos días, quizás meses, frente a periodistas del paìs y del extranjero que buscan la mejor foto o la mejor imagen. Recibiendo además la sonrisa sarcástica del colegiado, la andanada de burlas y pullas del fiscal y la defensa de las victimas, de sus enemigos que destilan odio en sus miradas, en una tragicomedia que según la mayoría de peruanos, huele más a venganza que a un juzgamiento justo, como debería ser. Pero estamos en el Perú, aquí puede pasar cualquier cosa, nada hay que nos sorprenda.

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