jueves, 13 de noviembre de 2008

Testimonio de un héroe del VRAE.

Mientras nuestro país se debate en un largo culebrón, en que se ha convertido los mal llamados petroaudios y Rómulo León se ha entregado a la justicia para esclarecer su situación, los enfrentamientos con los sediciosos en el VRAE no cesan y los combates son cada día más intensos.

Y esta situación es grave- yo diría sumamente grave- por la falta de una visión estratégica del gobierno de Toledo para vencer al narcosenderismo. Recordemos que durante ese gobierno se desactivaron importantes Bases Contrasubversivas y se disminuyó el presupuesto de las FFAA. Castigo, traición o crimen.

Alguna vez el ex presidente Toledo dijo al dejar su gobierno “no tengo las manos manchadas de sangre”. Él apeló a esta y otras razones para no enfrentar un problema que solo crecía y hoy fortalecido por la falta de decisión política de su gobierno, reforzado por la influencia de los organismos de DDHH, ONG´s, la izquierda caviar y sus adláteres, descuidó la seguridad interior. Fue error u omisión.

El problema se ha agravado y la lucha es más intensa, porque las fuerzas de SL han crecido en número y su gran aliado el TID con el poder económico que maneja, ha desplegado su esfera de influencia en esta zona y les permite contar con mejor tecnología de comunicaciones y armamento.

Podemos afirmar sin lugar a dudas que el gobierno anterior representa un gran retroceso en la lucha contra el narcosenderismo. Porque no solo el terreno agreste selvático, el clima y las condiciones meteorológicas influyen en el combate diario, sino porque el equipamiento no es el adecuado y los abastecimientos son difíciles. El enemigo acecha a la vuelta de cualquier árbol y llevan ventaja, conocen el terreno y han sembrado de manera indiscriminada minas antipersonal en todas las trochas que conducen hacia sus campamentos.

Por obvias razones no mencionaré el nombre del combatiente cuyo testimonio haré conocer, para proteger su identidad y su familia no sea objeto de amenaza o atentado, ni la de sus soldados que vivieron este drama y se ha convertido en pan de cada día en esta zona convulsionada. Es un soldado que, como todos es consciente de su deber para defender los valores democráticos.

Pero, estos hechos son los que enervan el espíritu y permiten afirmar que, la guerra contra el narcoterrorismo, nuevamente se deja en manos de las FFAA, mientras el resto de la población vive el día a día abrumado por sus problemas. Solo los familiares de los combatientes son quienes sufren, lloran, sienten el alma desgarrada, por la indiferencia de una población, que aparentemente ha olvidado la década de violencia que vivió nuestro país.

El oficial a quien me refiero, durante su formación en la EMCH, sus instructores lo habían adoctrinado que, cuando sintiera que le faltaban fuerzas para proseguir y las piernas le flaquearan, pensara en su querida madre y siguiera para adelante. Tenía presente lo que su madre le repetía amorosamente de niño -hijo no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista- .

Varios años después, recordaría con cariño este sabio consejo. Porque el escenario era otro, estaba en plena selva, era capitán y estaba al mando de un grupo de hombres que recién había conocido, en la zona mas convulsionada del país, el bidón de Vizcatán.

Un terreno al costado del río Mantaro, como una playita de arena de más o menos 500 metros cuadrados, rodeado de cerros que por su abundante y espesa vegetación impedían la observación y esta les reducía la visión escasamente a unos metros, por el inmenso follaje.

Había recibido la orden de ocupar un lugar ubicado al centro, entre el campamento base (la playita) y la cumbre de uno de los cerros, que le hubiera permitido una mejor visión del terreno y una mejor seguridad y protección para sus hombres. Intentó avanzar por las trochas existentes, al cabo del pequeño avance de unos escasos metros, se percataron que sería imposible.

El lugar estaba plagado de minas y trampas cazabobos, lo que hacía infructuoso el avance, coordinó con sus superiores para establecer su campamento en una zona cercana al objetivo, con respuesta afirmativa, procedieron a construir trincheras de dos metros de profundidad, para evitar los ataques del enemigo agazapado en la espesura de la selva y evitar sus balas.

El calor era infernal, él, acostumbrado a la selva por su condición de charapa, veía a sus hombres entrar en desesperación por los efectos del clima y los insectos. Felizmente supo trasmitirles e infundirles ánimo. Tenían comida para diez días, un magro desayuno (galletas de agua) con un te, caramelos de limón; el almuerzo una sopa o guiso deshidratado y para la cena un pedazo de chocolate.

Los días se hacían eternos, el hambre y el calor afectaban a todos, empezaron a disminuir de peso y el ataque de los insectos era agresivo con su secuela de enfermedades. Pero, lo más grave era el hostigamiento del enemigo. Los primeros días se enfrentaron 3 veces, sin bajas por suerte. Al llegar al noveno día les comunicaron que debían permanecer unos días más, hasta ser relevados.

Le ordenaron que enviara personal a la Base principal para recoger víveres, el personal designado hacía el recorrido de noche, para evitar emboscadas del enemigo, su gran preocupación eran las minas sembradas.

Pasó una semana y los relevos no se realizaban, los escasos suministros se agotaban, la comida ya era una cuestión de sobrevivencia. Hervía un puñado de harina en agua, hacían masa y la freían para darle contextura, algo similar a un pan, galleta ó un taco mexicano sin relleno. Mientras tanto, el hostigamiento era constante y sostenido, no había día que no recibieran una descarga de balas provenientes de la zona más alta; por allí no pasa nadie que no esté vinculado al narcotráfico ó a los terrucos.
Pasaron quince días de hambre y tensión, el capitán se valía de su poder de convencimiento para mantener unido a su personal, conversaba con ellos de temas comunes que los motivaran y tuvieran valor para sobrevivir; hablaban sobre la familia, los hijos, las madres, la enamorada, la novia, los cumpleaños, etc. la promesa de una buena comida al termino de su misión.

Este convivir en las trincheras le permitió identificarse y conocer a cada uno de los soldados conformantes de su patrulla, hasta ese momento desconocidos y por ende ellos a él. La situación se agravaba el enfermero le dio cuenta que había dos soldados con malaria y que las pastillas estaban vencidas, las fiebres y los escalofríos los sentía como propios, conversaba, bromeaba pero sufría por dentro.

Por fin la orden del retorno llegó- repliéguense a base, los van a evacuar a Pichari por 15 días, luego nuevamente a operaciones. Esta noticia alegró a todo el grupo, estaban felices, hacían planes, prepararon sus equipos y armamento para iniciar el retorno. Un helicóptero los transportaría a Pichari, habían entrenado innumerables veces el abordaje de la nave, debía ser rápido, cada uno sabía lo que tenía que hacer.

Al aterrizar el helicóptero, el enemigo inició un ataque más intenso desde los cerros, el mismo que era respondido por la patrulla, las balas zumbaban por todos lados. Primero se debía cargar todo el equipo, cada combatiente debía hacer tres veces el mismo recorrido hacia la nave, en la tercera abordarían el helicóptero para ser transportados.

El capitán estaba en la segunda ida, cuando se percató que tenía un agujero en su bota, -que raro pensó no siento nada- en medio de la balacera, se protegió junto a un árbol, se sacó la bota y vio que de su dedo pulgar del pie derecho salían dos chisguetes de sangre, uno por arriba y otro por abajo, -puta madre- pensó, me dieron.

Con el pulgar y el índice de su mano derecha tapó ambos huecos, levantó la mirada y vio a sus compañeros que terminaban cada uno con su tercera entrega y se trepaban al helicóptero, de pronto se percataron que su jefe no retornaba. El capitán con ademanes les decía, váyanse, porque sabía que cuanto más tiempo permaneciera en tierra el helicóptero podría ser alcanzado por las balas.

El capitán insistía con las manos en que se fueran, dos soldados se bajaron de la nave y corrieron a darle alcance, váyanse insistía. Las balas seguían zumbando, cuando por fin los soldados le dieron alcance, sin mediar palabra entre ellos lo cargaron en peso por las axilas y las piernas y se lo llevaron, segundos después tomaban aire y retornaban a Pichari.

Al día siguiente fue evacuado a Lima, actualmente se recupera de su herida en el Hospital Militar. Era el sábado 8 de noviembre de 2008 entre las 12:30 y 12:45 horas.
¿Y ustedes dónde se encontraban ese 8 de noviembre a esa hora?
Publicado por el diario La Razón, el 18 de noviembre de 2008.

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