PRIMER PLANO DE EL OPERA HOUSE-SYDNEY- AUSTRALIA

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jueves, 22 de octubre de 2026

Rumbo al polígono de tiro. Crónica de una jornada histórica: octubre de 1976

 


Rumbo al polígono de tiro

Crónica de una jornada histórica: octubre de 1976

Por: Arturo Castro

Era junio de 1976, el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez bullía con la presencia de una numerosa delegación militar peruana; quienes conversaban amenamente con sus familiares, ese día se embarcaban en un avión de la línea aérea Aeroflot para viajar la ex Unión de Repúblicas Soviéticas, en misión de estudios.

Nuestro destino inicial era Moscú, capital de la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Viajábamos para recibir preparación especializada en material de defensa antiaérea, particularmente en el sistema de misiles Pechora. Abordamos un avión de Aeroflot, la línea aérea de bandera soviética, sin imaginar todavía la extensión del recorrido que teníamos por delante.

El viaje duró más de veinticinco horas, con varias escalas para el abastecimiento de combustible. La primera fue en Santiago de Cuba, donde permanecimos más de cuatro horas y realizamos un breve recorrido por algunos lugares de la ciudad. Después continuamos hacia Lisboa-Portugal y, más tarde, hacia Fráncfort Alemania del Oeste. Finalmente llegamos a Moscú.

Por razones de seguridad, el avión de Aeroflot quedó estacionado lejos de la principal zona de desembarque. Todos creíamos que allí terminaba el largo periplo, pero estábamos equivocados. Nos hicieron abordar un avión militar soviético y, después de varias horas de vuelo bajo el intenso ruido de sus hélices, aterrizamos en un campo apartado. Cada uno descargó su propio equipaje y luego proseguimos en camiones por una vía carrozable hasta un campamento militar que nos recibió con un amanecer gris.

Grande fue nuestra sorpresa al llegar al campamento militar de Yangayá. Su aspecto austero nos recordó los campamentos para prisioneros: no tenía cerco perimétrico, aunque una torre elevada era vigilada por turnos por soldados soviéticos. Aquel paraje era conocido como Yangayá, nombre que para nosotros evocaba el “desierto de las culebras”.

La instrucción en Turkmenia

Entre junio y octubre de 1976, la delegación militar peruana recibió instrucción organizada por especialidades. Cada grupo contaba con un traductor encargado de interpretar al español las explicaciones impartidas por los instructores en idioma ruso. Aproximadamente cuarenta traductores habían sido reclutados en distintas ciudades de la ex-URSS para apoyar nuestra preparación.

Hacia fines de septiembre comenzó la fase de prácticas combativas con aviones. Realizamos ejercicios y rendimos los exámenes correspondientes sobre técnicas de defensa contra ataques aéreos. Las clases, las evaluaciones finales y las prácticas frente a una supuesta aviación enemiga concluyeron durante la primera quincena de octubre.

13 y 14 de octubre: la partida

El 13 de octubre de 1976 la salida fue fijada para las 20:30 horas. A esa hora abordamos los buses que nos conducirían al puerto de Krasnovodska hoy Turkmenbashi, a orillas del mar Caspio. Ya en la madrugada del día 14, a las 00:30, embarcamos en una nave de transporte civil. Doce horas después, a las 12:30, arribamos al puerto de Bakú, en la República Socialista Soviética de Azerbaiyán.

El viaje en tren

Tras desembarcar, subimos a un tren que nos llevaría hacia el polígono de tiro, en la región de Astracán. Ocupamos por parejas nuestros camarotes. Las camas estaban tendidas con frazadas rojas de filetes amarillos; las sábanas y las toallas lucían impecables. Todo estaba dispuesto con esmero y el viaje comenzó en un ambiente muy ameno.

Durante el recorrido atravesamos numerosas estaciones y ciudades. A la hora de la comida nos dirigimos al coche comedor, donde fuimos atendidos con cordialidad por unas señoras de edad. La alimentación había mejorado con respecto a la del campamento: aquel día nos sirvieron una sopa grasosa con un trozo de carne, tallarines y el infaltable té, el chay.

Por la noche nos reunimos en el alojamiento del capitán Óscar G. Compartimos vino y jugamos a las cartas y al cubilete. Al terminar la velada, cada uno regresó a su camarote para descansar.

15 de octubre: el Volga y la nieve

El día 15 desayunamos a las 08:30. Fue un desayuno abundante: jugo de manzana, arroz con carne, huevo duro y té. Desde las ventanas del tren contemplamos el delta del río Volga al internarse en el mar Caspio, con sus múltiples ramificaciones navegables.

En el trayecto nos cruzamos con numerosos trenes de pasajeros y de carga. La mayoría de las estaciones eran amplias y espaciosas; inevitablemente las comparábamos con la pequeña estación de Desamparados, del Ferrocarril Central del Perú. El clima también nos sorprendía por sus cambios bruscos: lluvia, nieve y sol podían sucederse en pocas horas.

A las 12:30 almorzamos y, alrededor de las 13:30, llegamos a una estación intermedia. Allí dejamos el tren y abordamos camiones militares que nos trasladaron al campamento del polígono de tiro. A medida que avanzábamos, el viento y el frío aumentaban. Nos protegimos con los abrigos grises que nos habían entregado en Yangayá y con las shapka-ushanka sobre la cabeza; aun así, el frío parecía penetrarnos hasta los huesos.

Atravesamos parajes inhóspitos mientras continuaba la nevada. Cuando llegamos al polígono, la nevada ya caía con fuerza. El campamento estaba construido con material noble y contaba con edificios de cinco pisos. Aquella noche fue especialmente fría: la temperatura descendió hasta un grado bajo cero, y sus efectos se hicieron sentir en toda la delegación.

16 y 17 de octubre: prácticas bajo un frío implacable

El 16 de octubre nevó con tal intensidad que no pudimos desplazarnos a la zona de posiciones para realizar las prácticas. Al día siguiente, el frío continuaba siendo severo y resultaba difícil conciliar el sueño. Uno de nuestros compañeros abandonó el dormitorio y se instaló en el pasadizo central, tratando de escapar de las corrientes heladas. Las habitaciones tenían ventanas de madera, y la nieve se filtraba por las rendijas entre la pared y los marcos.

El 17 acudimos finalmente al polígono, a las posiciones de cohetes, para efectuar las prácticas combativas. Mientras nosotros trabajábamos, Enrique un compañero permaneció en el dormitorio aquejado por un dolor de muela insoportable. No había odontólogo en el campamento, de modo que solo pudo descansar y soportar el sufrimiento.

19 y 20 de octubre: preparación para el tiro real

Durante los días 19 y 20 realizamos intensas prácticas combativas con aviones. La tarde del 20 observamos la llegada de una delegación de militares húngaros que, al igual que nosotros, había acudido para efectuar sus ejercicios de tiro real. La presencia de otras delegaciones reforzaba la sensación de que se aproximaba una jornada decisiva.

21 de octubre: el Ejército del Perú ingresa en la era de los misiles

El 21 de octubre nos levantamos a las 06:00 horas para desplazarnos a la zona de tiro, donde permanecimos hasta las 09:00. Regresamos al campamento y almorzamos a las 12:00. A las 14:00 emprendimos nuevamente el camino hacia el polígono.

A las 15:20 comenzó el tiro real con el sistema Pechora contra aviones guiados por control remoto. Los dos misiles disparados dieron en el objetivo y lo destruyeron. El estruendo, la tensión acumulada y la certeza de haber cumplido la misión provocaron en nosotros una emoción difícil de describir.

Aquel 21 de octubre de 1976 se convirtió en una fecha memorable. En la operación participaron las dotaciones combativas de los cuatro grupos de tiro, el grupo técnico y las baterías de comunicaciones y servicios. Fue el día en que el Ejército del Perú ingresó en la era de los misiles.

Hoy, al cumplirse cincuenta años de aquella gesta protagonizada por oficiales, personal Auxiliar, alumnos de la ETE y tropa de SMO del Ejército, Oficiales de la Marina de Guerra y la Fuerza Aérea del Perú, el recuerdo permanece vivo. La jornada ha quedado inscrita en el historial de cada institución y en la memoria de quienes viajamos desde Perú a Yangayá para nuestro entrenamiento y luego hasta el lejano polígono de Astracán.

Más que una prueba de tiro fue la culminación de meses de preparación, sacrificio, lejos de la patria y la familia querida, y el inicio de una nueva etapa para la defensa aérea del país.

Un ferviente homenaje a todos los que integramos esta delegación personal del Ejército, Marina de Guerra y Fuerza Aérea del Perú, hoy que nos encontramos en nuestros cuarteles de invierno. Cumplimos con nuestro deber.



 


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