Rumbo al polígono de tiro
Crónica
de una jornada histórica: octubre de 1976
Por: Arturo Castro
Era junio de 1976, el
Aeropuerto Internacional Jorge Chávez bullía con la presencia de una numerosa
delegación militar peruana; quienes conversaban amenamente con sus familiares, ese
día se embarcaban en un avión de la línea aérea Aeroflot para viajar la ex
Unión de Repúblicas Soviéticas, en misión de estudios.
Nuestro destino inicial era
Moscú, capital de la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas
(URSS). Viajábamos para recibir preparación especializada en material de
defensa antiaérea, particularmente en el sistema de misiles Pechora. Abordamos
un avión de Aeroflot, la línea aérea de bandera soviética, sin imaginar todavía
la extensión del recorrido que teníamos por delante.
El viaje duró más de veinticinco
horas, con varias escalas para el abastecimiento de combustible. La primera fue
en Santiago de Cuba, donde permanecimos más de cuatro horas y realizamos un
breve recorrido por algunos lugares de la ciudad. Después continuamos hacia
Lisboa-Portugal y, más tarde, hacia Fráncfort Alemania del Oeste. Finalmente
llegamos a Moscú.
Por razones de seguridad, el
avión de Aeroflot quedó estacionado lejos de la principal zona de desembarque.
Todos creíamos que allí terminaba el largo periplo, pero estábamos equivocados.
Nos hicieron abordar un avión militar soviético y, después de varias horas de
vuelo bajo el intenso ruido de sus hélices, aterrizamos en un campo apartado.
Cada uno descargó su propio equipaje y luego proseguimos en camiones por una
vía carrozable hasta un campamento militar que nos recibió con un amanecer gris.
Grande fue nuestra sorpresa al
llegar al campamento militar de Yangayá. Su aspecto austero nos recordó los
campamentos para prisioneros: no tenía cerco perimétrico, aunque una torre
elevada era vigilada por turnos por soldados soviéticos. Aquel paraje era
conocido como Yangayá, nombre que para nosotros evocaba el “desierto de las
culebras”.
La instrucción en Turkmenia
Entre junio y octubre de 1976,
la delegación militar peruana recibió instrucción organizada por
especialidades. Cada grupo contaba con un traductor encargado de interpretar al
español las explicaciones impartidas por los instructores en idioma ruso. Aproximadamente
cuarenta traductores habían sido reclutados en distintas ciudades de la ex-URSS
para apoyar nuestra preparación.
Hacia fines de septiembre
comenzó la fase de prácticas combativas con aviones. Realizamos ejercicios y
rendimos los exámenes correspondientes sobre técnicas de defensa contra ataques
aéreos. Las clases, las evaluaciones finales y las prácticas frente a una
supuesta aviación enemiga concluyeron durante la primera quincena de octubre.
13 y 14 de octubre: la partida
El 13 de octubre de 1976 la
salida fue fijada para las 20:30 horas. A esa hora abordamos los buses que nos
conducirían al puerto de Krasnovodska hoy Turkmenbashi, a orillas del mar
Caspio. Ya en la madrugada del día 14, a las 00:30, embarcamos en una nave de
transporte civil. Doce horas después, a las 12:30, arribamos al puerto de Bakú,
en la República Socialista Soviética de Azerbaiyán.
El viaje en tren
Tras desembarcar, subimos a un
tren que nos llevaría hacia el polígono de tiro, en la región de Astracán.
Ocupamos por parejas nuestros camarotes. Las camas estaban tendidas con
frazadas rojas de filetes amarillos; las sábanas y las toallas lucían impecables.
Todo estaba dispuesto con esmero y el viaje comenzó en un ambiente muy ameno.
Durante el recorrido
atravesamos numerosas estaciones y ciudades. A la hora de la comida nos
dirigimos al coche comedor, donde fuimos atendidos con cordialidad por unas
señoras de edad. La alimentación había mejorado con respecto a la del
campamento: aquel día nos sirvieron una sopa grasosa con un trozo de carne,
tallarines y el infaltable té, el chay.
Por la noche nos reunimos en
el alojamiento del capitán Óscar G. Compartimos vino y jugamos a las cartas y
al cubilete. Al terminar la velada, cada uno regresó a su camarote para
descansar.
15 de octubre: el Volga y la
nieve
El día 15 desayunamos a las
08:30. Fue un desayuno abundante: jugo de manzana, arroz con carne, huevo duro
y té. Desde las ventanas del tren contemplamos el delta del río Volga al
internarse en el mar Caspio, con sus múltiples ramificaciones navegables.
En el trayecto nos cruzamos
con numerosos trenes de pasajeros y de carga. La mayoría de las estaciones eran
amplias y espaciosas; inevitablemente las comparábamos con la pequeña estación
de Desamparados, del Ferrocarril Central del Perú. El clima también nos
sorprendía por sus cambios bruscos: lluvia, nieve y sol podían sucederse en
pocas horas.
A las 12:30 almorzamos y,
alrededor de las 13:30, llegamos a una estación intermedia. Allí dejamos el
tren y abordamos camiones militares que nos trasladaron al campamento del
polígono de tiro. A medida que avanzábamos, el viento y el frío aumentaban. Nos
protegimos con los abrigos grises que nos habían entregado en Yangayá y con las
shapka-ushanka sobre la cabeza; aun así, el frío parecía penetrarnos
hasta los huesos.
Atravesamos parajes inhóspitos
mientras continuaba la nevada. Cuando llegamos al polígono, la nevada ya caía
con fuerza. El campamento estaba construido con material noble y contaba con
edificios de cinco pisos. Aquella noche fue especialmente fría: la temperatura
descendió hasta un grado bajo cero, y sus efectos se hicieron sentir en toda la
delegación.
16 y 17 de octubre: prácticas
bajo un frío implacable
El 16 de octubre nevó con tal
intensidad que no pudimos desplazarnos a la zona de posiciones para realizar
las prácticas. Al día siguiente, el frío continuaba siendo severo y resultaba
difícil conciliar el sueño. Uno de nuestros compañeros abandonó el dormitorio y
se instaló en el pasadizo central, tratando de escapar de las corrientes
heladas. Las habitaciones tenían ventanas de madera, y la nieve se filtraba por
las rendijas entre la pared y los marcos.
El 17 acudimos finalmente al
polígono, a las posiciones de cohetes, para efectuar las prácticas combativas.
Mientras nosotros trabajábamos, Enrique un compañero permaneció en el
dormitorio aquejado por un dolor de muela insoportable. No había odontólogo en
el campamento, de modo que solo pudo descansar y soportar el sufrimiento.
19 y 20 de octubre:
preparación para el tiro real
Durante los días 19 y 20
realizamos intensas prácticas combativas con aviones. La tarde del 20
observamos la llegada de una delegación de militares húngaros que, al igual que
nosotros, había acudido para efectuar sus ejercicios de tiro real. La presencia
de otras delegaciones reforzaba la sensación de que se aproximaba una jornada
decisiva.
21 de octubre: el Ejército del
Perú ingresa en la era de los misiles
El 21 de octubre nos
levantamos a las 06:00 horas para desplazarnos a la zona de tiro, donde
permanecimos hasta las 09:00. Regresamos al campamento y almorzamos a las
12:00. A las 14:00 emprendimos nuevamente el camino hacia el polígono.
A las 15:20 comenzó el tiro
real con el sistema Pechora contra aviones guiados por control remoto. Los dos
misiles disparados dieron en el objetivo y lo destruyeron. El estruendo, la
tensión acumulada y la certeza de haber cumplido la misión provocaron en
nosotros una emoción difícil de describir.
Aquel 21 de octubre de 1976 se
convirtió en una fecha memorable. En la operación participaron las dotaciones
combativas de los cuatro grupos de tiro, el grupo técnico y las baterías de
comunicaciones y servicios. Fue el día en que el Ejército del Perú ingresó en
la era de los misiles.
Hoy, al cumplirse cincuenta
años de aquella gesta protagonizada por oficiales, personal Auxiliar, alumnos
de la ETE y tropa de SMO del Ejército, Oficiales de la Marina de Guerra y la
Fuerza Aérea del Perú, el recuerdo permanece vivo. La jornada ha quedado
inscrita en el historial de cada institución y en la memoria de quienes
viajamos desde Perú a Yangayá para nuestro entrenamiento y luego hasta el
lejano polígono de Astracán.
Más que una prueba de tiro fue
la culminación de meses de preparación, sacrificio, lejos de la patria y la familia querida, y el inicio
de una nueva etapa para la defensa aérea del país.
Un ferviente homenaje a todos los que integramos esta delegación personal del Ejército, Marina de Guerra y Fuerza Aérea del Perú, hoy que nos encontramos en nuestros cuarteles de invierno. Cumplimos con nuestro deber.




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