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domingo, 4 de octubre de 2026

Seguridad sin cheques en blanco: una salida constitucional al choque entre Ejecutivo y Congreso.

 


Seguridad sin cheques en blanco: una salida constitucional al choque entre el Ejecutivo y el Congreso.

Por: Arturo Castro

El Perú vive un escenario político, económico y social en el que las amenazas se han convertido en un grave peligro para la estabilidad y la supervivencia del Estado, agravado por la indecisión y la reacción paquidérmica de los poderes públicos para enfrentarlas. Así, la incertidumbre y el temor se apoderan de la población, mientras se cierne una grave amenaza sobre la libertad y la democracia.

Frente a ello, no se debe perder de vista que, si bien vivimos una emergencia criminal y afrontamos la amenaza del fenómeno El Niño, que ya está entre nosotros, ambas situaciones ameritan medidas urgentes para contrarrestar sus efectos dañinos y exigen una reacción rápida de las autoridades. Sin embargo, también requieren límites, control y resultados verificables.

Las redes sociales peruanas se han convertido en una caja de resonancia de la frustración nacional. Allí conviven el miedo legítimo de quien teme un robo, un secuestro, un asesinato o una extorsión; la indignación de quienes observan un Estado lento; y, a la vez, aquella nefasta consigna partidaria que reduce problemas complejos a culpables únicos.

En este escenario, esa mezcla puede describir el malestar, pero no debe reemplazar el razonamiento público. En una democracia, ni la ira, ni el temor, ni la incertidumbre legislan: deben hacerlo las instituciones, con urgencia cuando la realidad lo exige y con límites cuando el poder puede desbordarse.

El debate sobre la delegación de facultades al Ejecutivo ocurre precisamente en ese punto de tensión. La Comisión de Constitución de la Cámara de Diputados aprobó una fórmula que solo ha considerado la seguridad ciudadana y el fenómeno El Niño por 90 días. Recordemos que la solicitud original comprendía ocho materias, 66 puntos y un plazo de 120 días.

Luego de ello, se tendrá que esperar el debate y la aprobación del Pleno, y después la propuesta pasará a la Cámara de Senadores, donde habrá otra larga deliberación, corrección, debate y aprobación. ¿Se han preguntado cuánto demoran estas discusiones bizantinas, mientras el sufrido pueblo observa, como convidado de piedra, que el valioso tiempo pasa y se hace poco o nada?

Delegar no es abdicar

El artículo 104 de la Constitución permite que el Congreso delegue en el Ejecutivo la facultad de legislar mediante decretos legislativos, pero exige dos condiciones esenciales: una materia específica y un plazo determinado. También excluye las materias que no pueden delegarse y obliga al Ejecutivo a dar cuenta de cada decreto.

La jurisprudencia constitucional ha reiterado que la legislación delegada debe respetar tanto el plazo como el ámbito material de la ley autoritativa. En consecuencia, el Congreso no está obligado a aprobar todo lo solicitado y el Ejecutivo no tiene derecho a recibir un cheque en blanco.

Sin embargo, la facultad de controlar no puede convertirse en una coartada para paralizar, atar de manos o poner una camisa de fuerza. Cuando la extorsión, el sicariato, el secuestro y las economías ilegales transversales deterioran la vida cotidiana, una demora sin cronograma, sin motivación técnica y sin propuesta alternativa erosiona la legitimidad del Parlamento.

Del mismo modo, el Ejecutivo debilita su propia posición cuando presenta un paquete demasiado amplio, mezcla urgencias con reformas de largo plazo o no acompaña cada medida con un diagnóstico, un análisis de impacto presupuestal, indicadores y salvaguardas de derechos.

Atribuir toda resistencia a una oposición conformada por partidos de izquierda quizá resulte políticamente cómodo, pero es analíticamente insuficiente. En el debate hubo reparos de distinta procedencia: unos consideraron que el pedido era amplio e impreciso; otros juzgaron que la fórmula aprobada era insuficiente y reclamaron mayores competencias en inteligencia, sistema penitenciario o intervención de las Fuerzas Armadas.

La crítica democrática debe examinar argumentos y votos concretos, no convertir la identidad partidaria en prueba automática de obstruccionismo. La misma regla vale para el oficialismo: invocar la emergencia no sustituye la obligación de explicar qué norma se cambiará, para qué, con qué costo y bajo qué control.

Si se priorizan la confrontación ideológica, los intereses partidarios y hasta cierto grado de inquina antes que el bien común, nunca se llegará a ningún acuerdo. Ambas fuerzas opositoras deberían buscar el diálogo como instrumento de entendimiento. El recordado líder aprista Ramiro Prialé acuñó una frase que cobra vigencia en estos momentos álgidos: «Conversar no es pactar».

El proceso para que el Congreso autorice la delegación de facultades solicitada por el Poder Ejecutivo debe seguir una ruta lógica y clara: una negociación política en la que el ganador no sea el Gobierno ni el Parlamento, sino, como dicen los comunistas, el pueblo sufrido.

¿Qué debería hacer el Ejecutivo para mejorar las propuestas legislativas?

Algunos analistas coinciden en afirmar que el pedido enviado por el Ejecutivo es muy amplio y general, por lo que se debería desagregar la delegación por submaterias y precisar qué normas se pueden modificar. Las propuestas vagas deben volver al trámite ordinario para lograr mayor claridad.

Cada propuesta debe incluir información detallada sobre el problema, la evidencia, la compatibilidad constitucional, los costos, los responsables, los plazos y los resultados esperados, reduciendo así las discusiones ideológicas y elevando el estándar técnico.

Se deberían establecer controles periódicos. Durante los 90 días de delegación, los ministros y el presidente del Consejo de Ministros deberían informar quincenalmente a las comisiones del Congreso. Además, el Congreso debería revisar con rapidez cada decreto e incluir cláusulas de protección, considerando que las medidas deben respetar los derechos fundamentales y las competencias de los organismos autónomos y los gobiernos subnacionales.

Las situaciones urgentes pueden tramitarse mediante delegación, pero las reformas profundas en áreas como la justicia o la seguridad requieren procesos más amplios, con debates, presupuestos multianuales y coordinación interinstitucional. El Gobierno debe reportar metas verificables. Sin métricas claras, las acciones pueden quedar en propaganda.

Este camino aseguraría que la delegación sea transparente, controlada, técnica y respetuosa de los derechos y los procesos institucionales.

De la confrontación a la responsabilidad compartida

El país no necesita que el Ejecutivo gobierne sin contrapesos ni que el Congreso fiscalice mediante la inmovilidad. Necesita colaboración entre poderes: una delegación limitada, técnicamente sustentada y rigurosamente supervisada.

Si el Congreso recorta facultades, debe explicar por qué y ofrecer una vía alternativa con calendario. Si el Ejecutivo recibe facultades, debe usarlas dentro de los límites autorizados y responder por sus resultados.

La inseguridad ciudadana no distingue ideologías cuando cobra vidas o destruye negocios familiares. Tampoco el fenómeno El Niño pregunta por la bancada de quien pierde su vivienda.

La oposición tiene el derecho y el deber de controlar; el Gobierno tiene la obligación de actuar. Ambos deben abandonar la política del ultimátum. La salida racional no está en quién grita más o más fuerte, sino en legislar mejor, ejecutar con eficacia y rendir cuentas sin excusas.

Los poderes Ejecutivo y Legislativo tienen patente de corso; todos tienen la obligación de cumplir sus deberes y responsabilidades constitucionales sin buscar la confrontación.

Fuentes consultadas

·         Centro de Noticias del Congreso, sobre el dictamen aprobado el 1 de octubre de 2026.

·         Constitución Política del Perú, artículo 104.

·         El Comercio, sobre el alcance del pedido original y el texto de consenso.