Australian War Memorial

Australian War Memorial
EXTERIOR DE MEMORIA DE LA GUERRA-AUSTRALIA

sábado, 10 de octubre de 2020

En Sydney buscando a nuestro héroe Miguel Grau Seminario.

 

Busto en honor a nuestro Almirante Miguel Grau Seminario. Plazuela Iberoamérica. Sydney Australia

Por: Arturo Castro.

Corría una mañana friolenta del año 2013, era invierno en Sydney sus principales calles y avenidas del centro estaban humedecidas por la lluvia y la temperatura oscilaría ese día entre 8° y 17 °C, los australianos hombres y mujeres, jóvenes y adultos, han desempolvado los abrigos, bufandas, gabanes y casacas.

Presurosos caminan por sus principales calles en el centro moderno de la ciudad hacia su centro de trabajo. Llevan en la mano el infaltable paraguas y una que otra lonchera. 

De casualidad en conversación con un connacional nos enteramos que nuestro héroe el Almirante Miguel Grau Seminario tenía un busto erigido en esta ciudad australiana e inaugurado varios años atrás en una plazuela cuya ubicación desconocía.

Al enteramos de la existencia de un busto erigido en Sydney-Australia a nuestro héroe Miguel Grau Seminario, nos propusimos encontrar el lugar de su ubicación. Nos dirigimos al Consulado de Perú en Sydney, ubicado en el 84 de Pitt Street. Los empleados del consulado peruano, nos informaron que no sabían nada al respecto, al parecer era la primera vez que escuchaban sobre la existencia de tal monumento.

Al salir del Consulado, un tanto desconcertados por la actitud indiferente de los funcionarios, nos dirigimos a Martin Place Street, un centro comercial peatonal, en el distrito central de negocios de Sydney, estuvimos indagando por varios minutos.

El centro comercial está rodeado de muchos edificios históricos, en el centro un cenotafio que rememora al ANZAC, un monumento al soldado desconocido y una fuente de agua. En este lugar nos informamos sobre la probable ubicación, nos indicaron que muy cerca a la Estación Central del metro de Sydney había una plazuela.

Plazuela Iberoamérica, vista desde el Sur. Sydney Australia. Foto colección Arturo Castro.

Caminamos un largo trecho por la Pitt Street, después de una largo caminar por calles y avenidas diferentes cruzamos el Hyde Park y llegamos a la calle CHALMERS, que bordea a la Estación por el lado Este y encontramos lo que estábamos buscando. Grande fue nuestra emoción, encontrar el busto erigido en honor a nuestro Almirante Miguel Grau para nosotros fue una emoción indescriptible.

Plazuela Iberoamérica, vista desde el Norte. Sydney Australia. Foto colección Arturo Castro.

La Plazuela Iberoamérica ubicada al lado Este y colindante con la Estación Central de Sydney, lugar que a lo largo de su extensión tiene una serie de bustos de héroes de diferentes países colocados sobre pedestales, en un espacio alargado rodeado de jardines y árboles que hace las veces de plazuela.

Allí, entre otros héroes como: José de San Martín, Simón Bolívar, José Martí, y O´Higgins; encontramos el busto de nuestro héroe Dn Miguel Grau Seminario, Patrono de nuestra Marina de Guerra. Posteriormente regresamos al Consulado e informamos a la señora Cónsul de su ubicación, ni se sorprendió, solo atinó a dar gracias. Nuestros funcionarios no estaban ni enterados sobre la existencia del busto a Miguel Grau…

 


El autor de la nota junto al busto erigido en honor al Almirante Miguel Grau Seminario.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


miércoles, 19 de agosto de 2020

El Huáscar al mando de Miguel Grau captura el transporte chileno Rímac y su valiosa carga.




Y provoca grave la crisis política en Gobierno chileno.

Por: Ángel Arturo Castro

Fue un duro golpe, en el que se entrelazaron el temor de las autoridades chilenas a la pequeña escuadra peruana conformado por el Huáscar y la Unión, que merodeaba por aguas chilenas. La Unión fue vista el 20 de julio de 1879 ingresando al puerto de Caldera, con seguridad seguido del Huáscar, información que llegó a la superioridad chilena, al despacho del señor Eulogio Altamirano comandante general de marina.

La orden para que saliera el Rímac y la posterior contraorden para demorar la salida con su carga, sin lugar a duda creó un ambiente de preocupación entre los Carabineros de Yungay su principal carga, tan es así que el hermano del comandante Manuel Bulnes, visiblemente preocupado “propuso en su noble angustia mil medios de salvación al comandante general de marina; pero todos eran inútiles”.

Dando cumplimiento a la última orden recibida en telegrama, el transporte Rímac partió acompañado del vapor Paquete de Maule, con su valiosa carga de hombres, caballos, forrajes, vestuario, pertrechos, un almacén de intendencia y armas; también eran de la partida dos hermanos del comandante Bulnes, Wenceslao y Gonzalo.

En la captura del transporte chileno Rímac el 23 de julio de 1879, por las naves peruanas la Unión y el Huáscar, convergen una serie de indecisiones, imprevisión, dudas e incertidumbre por el lado chileno. No de otra manera se explica su captura que transportaba al Regimiento de caballería, “Carabineros de Yungay” al mando del comandante Manuel Bulnes, armas, uniformes, vituallas y agua a bordo.

Según el parte oficial del comandante militar Capitán de Fragata Ignacio Luis Gana el transporte Rímac partió de Valparaíso con dirección a Antofagasta, el 20 de Julio de 1879 a las 12.20 p.m., llevando al Escuadrón Carabineros de Yungay y 200 caballos en el entrepuente, además de 700 toneladas de carbón y 240 soldados.

Según relato de Benjamín Vicuña Mackenna, “Iba el Rímac en las peores condiciones de estiba, como tuvo que observarse en el naufragio del Tacna en 1874. Fuera de esto, registraba su conocimiento sin contar 1,000 pequeños trebejos, 300 uniformes para el batallón Valparaíso, 300 pares de botas, 100,000 tiros a bala, 300 rifles, 209 sacos de cebada y las famosas 200 cargas de odres repletas de agua dulce”.

El Rímac iba al mando del capitán alemán Pedro Lathroup, pero nominalmente al mando del capitán de Fragata Ignacio Luis Gana, quien solo debía tomar el mando del buque cuando este estuviera en inminente peligro de entrar en combate. Así estaba el contrato y fue lo primero que hizo el capitán Lathroup cuando avistaron a la Unión, apeló a su contrato.

Al amanecer del 23 de julio las condiciones atmosféricas eran adversas, la visibilidad limitada por la neblina, por lo que cuando el capitán del transporte divisó una nave, por sus características creyó que era el Cochrane, con el que estaba previsto un encuentro. Gana asumió el mando del transporte y no desconfió, porque estaba informado que el encuentro se iba a dar en esas aguas.

Al navegar en dirección de la nave desconocida, y estando a 4 millas de distancia de esta, grande fue su sorpresa y enorme su temor, al percatarse que se trataba de la Unión y no la chilena Cochrane, por lo que de inmediato maniobró buscando escapar, para proteger su carga valiosa; para aumentar más su desazón y temor, la aparición del Huáscar sin lugar a duda causó gran temor y preocupación.

El relato del subteniente chileno Guillermo Chaparro, que proviene del libro “Testimonios y recuerdos de la guerra del Pacífico” del historiador Oscar Pinochet de la Barra, es muy expresivo, porque hace conocer cuál fue la reacción de tripulantes y tropa del Yungay, al observar que lo peor de sus pesadillas había ocurrido, encontrarse con la Unión, y luego el Huáscar, justamente antes de ingresar a su destino, Antofagasta.

“El desorden toma cada momento mayores proporciones. El escuadrón fue llamado a formar; los marineros, ya completamente insubordinados, aprovechan esos momentos de absoluta libertad y asaltan la cámara. En un abrir y cerrar de ojos destrozan los muebles y perforan a balazos cuadros y espejos; fuerzan los armarios, invaden la cantina y bodegas de víveres y licores. El saqueo fue total y rapidísimo”.

Vanas fueron las maniobras que realizó Ignacio Luis Gana para evadir la persecución de las dos naves peruanas, nos imaginamos la desesperación de la tripulación y de los Carabineros de Yungay, justamente se habían encontrado con las naves que comandaba valerosa, hábil e inteligentemente Miguel Grau, finalmente fue capturada y conducida al puerto de Arica adonde llegó el 25 de julio.

Siguiendo el relato del subteniente Guillermo Chaparro, “Sobre el Rímac, la desesperación se advertía bajo diversas manifestaciones (…). Los marineros habrían colgado gustosos al capitán Gana, pero fueron enérgicamente reprimidos por la autoridad del comandante Bulnes. Este jefe, pálido y con la cabeza inclinada sobre el pecho, luchaba contra la desesperación y el desaliento. El mayor don Wenceslao Bulnes recordaba a la Patria, se creía deshonrado y gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas. El capitán Campos, mudo, sombrío, era sacudido a intervalos por explosiones de sollozos sin lágrimas”.

A continuación, observaron que un bote peruano con tripulantes se acercaba al Rímac, atracó al lado del transporte, y subió el capitán Melitón Carvajal, saludo atentamente al comandante Bulnes y los otros jefes; enseguida dio órdenes, el comandante Bulnes y su hermano el mayor Bulnes, fueron conducidos al Huáscar, el capitán Gana y empleados civiles a la Unión, la tropa pasó a las bodegas.

“El 25 de julio al mediodía, penetró el convoy en la bahía de Arica. Algunas horas después desembarcamos los oficiales, entre dos filas de soldados, llevando cada uno su equipaje de mano”.

Mientras estos hechos sucedían, las autoridades chilenas en todos los niveles estaban desesperados, porque no tenían noticias del transporte Rímac, especialmente por su valiosa carga. Los telegramas iban de un lado para otro con noticias nada alentadoras. El Cochrane, la nave que debía encontrarse con el Rímac, llegaba el 24 por la tarde, remolcado por el Itata al puerto de Caldera.

Los telegramas que intercambiaron, reflejaron el sentimiento que invadía a las autoridades chilenas, presas de desesperación y temor por lo peor “Antofagasta, julio 23. Llegó Paquete de Maule. Ha navegado a 4 millas de la costa y no ha encontrado ningún buque. Supone que al Rímac le ha sucedido alguna desgracia con el motivo del cambio de maquinista. Los buques peruanos estuvieron cerca de este puerto esta mañana. Santa María”.

El telegrama despachado en Valparaíso es muy demostrativo del espíritu de ansiedad y preocupación de las autoridades chilenas “Valparaíso, julio 24 (a las 10.35 a.m.) Santa María me dice: Rímac no llega; Cochrane no vuelve. E. Altamirano”. El otro telegrama, muy ambiguo, no traía noticias alentadoras, a las desesperadas y ansiosas autoridades.

Otro telegrama despachado en Antofagasta venía a agregar la incertidumbre que cada hora, cada minuto, crecía en las fuerzas chilenas, “Antofagasta el 25, El capitán del vapor no sabe nada. Solo refiere que en Arica lo detuvo la Pilcomayo, y que en Iquique vio a nuestros buques. Los pasajeros, que no han visto buque alguno y que nada saben del Rímac. Se dice también por los pasajeros que Daza está en Pisagua y que viene a Iquique a hacerse cargo del ejército expedicionario que ha de dirigirse al sur (…). Domingo Santa María”.

La esperanza que el Rímac no hubiera sido detenido por la escuadra al mando de Miguel Grau, se diluyó al enterarse de su captura, una grave crisis se apoderó del gobierno, “…el jueves 30 de julio por la noche se anunció en el teatro que por el vapor alemán Theben, llegado en derechura de Arica a Valparaíso, el Rímac había entrado cautivo el 25 de julio y a las nueve y media de la mañana a aquel puerto, donde la población le había recibido en triunfo con repiques y precesiones”.

La crisis en el gobierno era tan grave, que en el congreso se dio una larga sesión doble el 31 de julio y 1 de agosto. En la del 31 de julio, cuando algunos ministros se dirigían a esta, “fueron seguidos por gruesa y tumultuosa poblada (unos mil hombres), que desde temprano había estado estacionada en la Moneda y aunque se detuvo largo rato en el pórtico del Senado profiriendo hirientes denuestos contra el gobierno”.

La crisis no solo causó protestas, enfrentamientos con la población, desafíos y provocaciones a las autoridades, riñas en las que se cruzaron piedras y sables, algunos disparos de revolver, hubo heridos, entre ellos el capitán de Granaderos Julio García Videla, de guardia en palacio, que recibió una pedrada en la cabeza; sino, insultos, diatribas en el congreso chileno que, obligaron a la renuncia del ministro general Basilio Urrutia el 2 de agosto.

La agonía del gabinete se prolongó por varios días, esperando el regreso de Domingo Santa María que estaba en Antofagasta, en la sesión del congreso del 4 de agosto, el diputado por Lautaro Domingo Arteaga Alemparte, solicitó se entregara “sobre la mesa de la Cámara la correspondencia tanto telegráfica como por escrito del gobierno y el libro de actas del Consejo de Ministros sobre los asuntos de guerra…”.

En la sesión del 14 de agosto, se leyó una nota remitida por el ministro de guerra, quien solucionaba los interrogantes de la investigación encaminada por el diputado Domingo Arteaga, referente a la “marcha de los negocios públicos en lo relativo a la conducción de la guerra”.

Luego de un largo debate después de la lectura del informe del ministro de guerra, hubo un largo debate, no referente al documento, sino a la ausencia del ministro en el congreso, como lo planteó el diputado Carlos Walker Martínez “debió venir en persona a dar a la Cámara las explicaciones que se le habían pedido por el camino y el derecho constitucional de una interpelación”.

La crisis ministerial hasta ese momento solo había traído la renuncia del ministro de guerra. El diputado por Santiago Zorobabel Rodríguez, redactor en jefe del diario “El Independiente”, preocupado por la situación de crisis ministerial, tomó empeño en plantear un voto de censura para el gabinete, no se llegó a ningún acuerdo.

El 16 de agosto, continuo la discusión sobre el voto de censura, los cargos contra el gabinete fueron agravados. Los diputados Jordán y Walker Martínez, insistieron en las graves faltas respecto de las operaciones militares “como el bloqueo de Iquique, la desautorización sistemática del almirante de la escuadra, realizada por el gobierno, los dos viajes del señor Santa María al norte, la captura del Rímac y otros temas…”.

En medio de su exposición, el ministro del Interior Antonio Varas, quien lucía agobiado, estresado, fatigado y sin ánimo ni esfuerzo por seguir, optó por abandonar el Congreso, seguido por los demás ministros, un diputado le rogó que se detuviera, sea porque no quiso detenerse o porque en medio del ruido no lo escuchó, “los ministros salieron a la desfilada, encasquetándose los sombreros y como en desaire de la Cámara y de sus derechos”. 

Esta actitud asumida por el gabinete ministerial, fue tomado como una ofensa al parlamento, los diputados protestaron, se encendió la discusión, “En consecuencia de haberse ausentado el señor Varas y sus colegas, sin dar muestras de haber oído la petición anterior, algunos señores diputados interpretaron la retirada de ministerio en aquellas circunstancias como un desaire depresivo de la dignidad y fueros de la Cámara, contra el cual protestaron”.

Aunque hubo entre los diputados voces que llamaban a la concordia, como el diputado Tagle Arrate quien pidió se oficiara a los señores ministros para continuar el debate en la siguiente sesión y el diputado Ambrosio Montt proponía al presidente de la Cámara que se invitara cortésmente a los ministros a continuar el debate; pero, surgió una voz discordante, que finalmente provocaría la renuncia en masa, la del diputado Carlos Walker Martínez que expresó lo siguiente “La Cámara condena la conducta que los señores ministros han observado en esta sesión”; con lo que la crisis ministerial terminó con la dimisión en masa de los ministros”, era el 20 de agosto de 1879.

Ese mismo 20 de agosto, a casi un mes de la captura del Rímac, juramenta el nuevo gabinete ministerial se reemplaza a los ministros Varas, Urrutia y Huneeus, quienes fueron reemplazados por los señores Miguel L. Amunátegui, Rafael Sotomayor y José A. Gandarillas. El señor Sotomayor fue nombrado ministro de la guerra en campaña, y lo reemplazaba en el despacho el señor Gandarilla.

El 4 de agosto el almirante Juan Williams Rebolledo había entrado en Antofagasta, con sus buques y sin carbón, entregando el mando, atrás quedaba el bloqueo a Iquique. En la Armada, la pérdida del Rímac le costó la jefatura al contralmirante Rebolledo, quien fue sustituido por Galvarino Riveros. En Lima, la noticia de la captura del Rímac se conoció al día siguiente y causó un júbilo natural, que alegró las Fiestas Patrias de ese año luctuoso.

Por su parte, Gonzalo Bulnes Pinto expresa “En resumen, la desgracia que hoy lamentamos no pertenece a la categoría de esos accidentes de la guerra que no es posible evitar.  Por el contrario, se han acumulado en este hecho todas las faltas que la imprevisión puede poner al servicio de la más completa ignorancia de las cosas del mar.

El buque fue despachado, sabiéndose la presencia del enemigo en las cercanías de Antofagasta: los partes que recibidos en tiempo oportuno hubieran podido evitar la catástrofe, no llegaron a su destino sino algunas horas más tarde por un descuido incalificable, y por fin no se adoptó en el primer momento ninguna de las medidas que estaban al alcance de la comandancia general de marina para reparar el mal”.

El Comandante General de Marina Eulogio Altamirano explica lo sucedido “La salida del Rímac debió tener lugar el viernes 18 a las 3 de la tarde, pero pocos momentos antes recibí orden para suspenderla.  No hubo tiempo para comunicar esta orden por escrito; pero el mayor general señor Cabieres fue personalmente a detener los transportes.  Momentos después, el señor comandante Bulnes, acompañado del señor don Gonzalo, llegaban a mi despacho y les manifesté el telegrama que suspendía la salida del Rímac y nos separamos, diciéndole por mi parte al señor Bulnes, que era preciso esperar nuevas órdenes”.

El informe que hace el almirante Miguel Grau sobre este episodio, lo realiza a bordo del “Huáscar”, al ancla el 25 de julio de 1879, sin ápice de vanidad, ni jactancia, como corresponde a un líder trascendental, y está dirigida al Excmo. Señor General Director General de la Guerra. En este informe Miguel Grau explica en detalle la captura del transporte chileno “Rímac”.  


 Impresión artística de la captura del Rímac, capturado por el Huáscar y la Unión según un grabado publicado en La Ilustración Española y Americana (1879).

La persecución duró cuatro horas, finalmente el “Rímac”, se rinde al cerco de las dos naves peruanas, “Preparábame a hacerle un segundo tiro cuando el “Rímac” enarboló en su palo trinquete la bandera blanca: estaba rendido. Inmediatamente llegué a su costado y mandé botes con oficiales, soldados y tripulantes para recibir el buque, nombrado al mismo tiempo como comandante provisorio al capitán de fragata graduado don Manuel Melitón Carvajal. A su bordo venía de transporte el escuadrón “Carabineros de Yungay”, fuerte de 258 plazas, inclusive 15 individuos entre jefes y oficiales. Este cuerpo viene al mando del teniente coronel Bulnes”.

Miguel Grau continua su informe y da cuenta del contenido de la carga del transporte chileno. “En el “Rímac” han venido también 215 caballos, una gran cantidad de carbón, armamento, proyectiles y otros artículos importantes de guerra, cuyo inventario se está actualmente haciendo y que remitiré oportunamente a V.E.”.

Sin lugar a duda, este fue un triunfo moral para nuestra nación, debido a la importancia de este transporte, su valiosa carga y la crisis que tuvo que soportar el gobierno de Aníbal Pinto. De esta manera, el transporte “Rímac” cayó en manos peruanas, mansamente, al primer disparo izó bandera de parlamento.

La captura del “Rímac” fue uno de los episodios, que demostró las habilidades estratégicas de Miguel Grau, para aparecer y desaparecer en medio del océano, causando no solo temor, incertidumbre en los combatientes chilenos, cuyas naves pese a ser mejor dotadas, evitaban un encuentro, sus conductores tenían un gran temor de combatir con el glorioso monitor “Huáscar”.

Miguel Grau, a lo largo de la campaña naval destacó por su valentía, caballerosidad, audacia y arrojo; pero, especialmente por sus dotes de estratega militar, marino experto y don de mando, cualidades que le permitieron ser reconocido a nivel internacional. Demoró de abril a octubre de 1879, por casi 7 meses, que la escuadra chilena logre el dominio del mar.

Foto:
Notas:
1.      Semanario Hildebrandt en sus trece. Moralejas. Un enemigo relata la captura del transporte “Rímac”. Semana del 10 al 16 de octubre de 2014. Hemeroteca UNMSM
2.      Semanario Hildebrandt en sus trece. Colaboraciones forzadas. La humillante captura del transporte chileno “Rímac”. Semana del 17 al 23 de junio de 2016. Hemeroteca UNMSM.
3.      Semanario Hildebrandt en sus trece. La Máquina del tiempo. Versión directa del capitán Gana. Semana del 17 al 23 de junio de 2016. Hemeroteca UNMSM.
4.      Semanario Hildebrandt en sus trece. Colaboraciones forzadas. La crisis política que en Chile desató la captura del “Rímac”. Semana del 24 al 30 de junio de 2016. Hemeroteca UNMSM.
5.      Semanario Hildebrandt en sus trece. La Máquina del tiempo. Grau describe, sin jactancia, la captura del vapor “Rímac” y su gran botín. Semana del 2 al 8 de octubre de 2015. Hemeroteca UNMSM.






lunes, 17 de agosto de 2020

El Ministro Santa María da instrucciones al Ministro de Guerra en Campaña sobre las operaciones bélicas que debe emprender la escuadra en la costa del Perú.



El Túnel del tiempo.

Episodios inéditos de la guerra del Pacífico.

  Domingo Santa María González                                             Aníbal Pinto Garmendía









El Ministro Santa María da instrucciones al Ministro de Guerra en Campaña sobre las operaciones bélicas que debe emprender la escuadra en la costa del Perú.

Por: Angel Arturo Castro

Comentario:

En 1879 Aníbal Pinto Garmendia era el presidente de Chile y le había declarado la guerra el 5 de abril de ese año a su compadre Mariano Ignacio Prado presidente del Perú. Uno de sus adversarios políticos era Domingo Santa María Gonzales, senador en el Congreso y desde este lugar junto a Benjamín Vicuña Mackenna iniciaron ataques a la conducción de la guerra y la gestión de Rafael Sotomayor Baeza, Ministro de Guerra plenipotenciario en campaña y principal organizador de la Campaña de Tarapacá en la primera fase de la Guerra.

Domingo Santa María se erigió como uno de los furibundos opositores del gobierno, entorpeció las relaciones entre el ejército y el gobierno, puso en peligro la estabilidad de este y de la conducción de la guerra. Para paliar este enfrentamiento en plena conflicto Aníbal Pinto le ofreció a Santa María participar en su gobierno.  

Fue designado como ministro de Relaciones Exteriores, de Interior y de Guerra y Marina. Se dice que, desde estos cargos Santa María preparó su campaña electoral presidencial. En las elecciones presidenciales de 1881 su candidatura se vio amenazada por su adversario el general Manuel Baquedano, con el pedido del ex ministro de defensa José Francisco Vergara Etchevers y la posterior renuncia del general Baquedano, logró su elección por el Congreso.  
Siendo ministro de Relaciones Exteriores, realizó gestiones por medio de su embajador José Manuel Balmaceda y consiguió la neutralidad de Argentina en el conflicto bélico con la Alianza Perú-Bolivia a cambio de cesión territorial chileno en la Patagonia Oriental, cesión que se ratificó en el Tratado de 1881.

En este mensaje Santa María en nombre de Aníbal Pinto le da una serie de instrucciones al Ministro en campaña Rafael Sotomayor Baeza, de cómo realizar la campaña naval contra los puertos peruanos. Disponían de superioridad marítima: podían fácilmente inmovilizar a las fuerzas peruanas que aún quedaban, facilitaba el desplazamiento de sus buques para trasportar sus tropas de reserva a lo largo de la costa peruana y poderlas desembarcar donde quisieran.

Inclusive le sugiere la conveniencia de utilizar el Huáscar reparado, indicándole que este se encontraba en mejores condiciones que antes de su captura. Con el doble efecto de saber que estaba luchando en favor de los chilenos, poder utilizarlo en bombardeos a los puertos e influenciar en el ánimo de los peruanos, por el significado que representaba este símbolo. Además de utilizar el Amazonas para amenazar los puertos del norte del país.

El Ministro Santa María da instrucciones al Ministro de Guerra en Campaña sobre las operaciones bélicas que debe emprender la escuadra en la costa del Perú.

NÚM. 2, 345.-MINISTERIO DE GUERRA Y MARINA.

“Santiago, Noviembre de 1879.

Señor Ministro:

Los elementos marítimos con que contamos al presente, nos permiten emplear un sistema de operaciones que, estrechando al enemigo en todos sus puertos y en toda la extensión de su costa, le reduzcan a una situación verdaderamente desesperante.

El Blindado Blanco, que monta el Contralmirante Riveros sale de Valparaíso, perfectamente reparado, convoyando y resguardando los trasportes que conducen una considerable parte de nuestra reserva; como ya he dicho a V. S., en diversos telegramas, marchan en estos 200 artilleros con su correspondiente material, el Escuadrón Carabineros de Yungay y los batallones de infantería Lautaro, Valdivia, Chillán y Caupolicán, de 600 plazas cada uno. Toda esta tropa va perfectamente vestida y municionada.

El 10 del presente saldrá la Chacabuco, y días más tarde hará el mismo rumbo el Huáscar, completamente reparado y en mejores condiciones de aquellas en que se hallaba antes de su captura.

Tenemos, como V. S., ve, una superior e indisputable fuerza marítima, más que suficiente para asegurar los puertos en que nuestro ejército ha desembarcado o que pueda en adelante desembarcar. El Perú no puede inspirarnos ningún temor a este respecto. Con sus dos monitores que no son otra cosa que baterías pasivas y flotantes en un puerto, no puede emprender ninguna agresión, y con la Unión y la Pilcomayo no se lanzará a aventura alguna, desde que ya una de nuestras corbetas bastaría para batirlas.

Juzga S.E., a cuyo nombre y en el de mis colegas me dirijo a V.S., que, desembarcando nuestro ejército, convendría, tan pronto como fuera posible, asediar y estrechar todos los puertos peruanos del Callao a Iquique, de manera que el Perú, no solo no pudiese provisionarlos, sino tampoco reforzarlos, puesto que cualquier trasporte que enviase con uno u otro objeto, no podría menos de caer en nuestras manos. Encerrada la Unión en el Callao y estacionados los monitores como actualmente se encuentra en este puerto y en el de Arica, el más débil de nuestros buques de guerra puede impedir toda comunicación y toda provisión a los puertos enemigos.

Todavía puede hacerse más. Puede V.S., enviar una de nuestras corbetas o uno de nuestros trasportes armados en guerra, como el Amazonas, a hostilizar al Perú en toda la costa Norte, donde, por la seguridad en que hasta el presente se ha vivido, el comercio peruano y especialmente la exportación de guano no ha sufrido perturbación alguna. Un buque nuestro, en son de hostilidad por aquella costa, puede no solo producir una desesperante alarma sino colocar al enemigo en una situación verdaderamente aflictiva.

El Huáscar habrá de prestar a V.S., para el objeto que indico a V.S., en la presente nota, calificados servicios y al mismo tiempo de ostentar y pasear nuestro pabellón triunfante, puede ocasionar al Perú serios perjuicios, atendidas las condiciones de esa nave.

No se oculta a V. S., que el gobierno no le es dado determinar la mejor y más conveniente distribución que pudiera hacerse de nuestras naves. Este papel corresponde a V.S., que, oyendo la opinión y juicio del Contralmirante y demás jefes de le escuadra, si lo creyera necesario, pueda deliberar con todo acierto acerca del más apropiado servicio que cada una de ellas pueda prestar. El Gobierno se limita a indicar a V.S., como ya lo ha hecho oficialmente y en diversos telegramas, su pensamiento y sus propósitos.

Sabe el Gobierno que V.S., abunda en estas mismas ideas, y lleno de confianza en el patriotismo e inteligencia de V.S., aguarde que V.S., procederá con arreglo a ellas, dando las correspondientes instrucciones al Contralmirante o comandantes de los buques, a fin de que ejecuten las operaciones que se les encomienden en el sentido que dejo indicado en el cuerpo de esta nota.

En la dificultad de prever todos los casos y todos los accidentes que puedan ocurrir, creemos que V.S., debe dejar alguna latitud de acción al Contralmirante o jefes a quienes designe para cualquier empresa.

Dios guarde a V. S.

(Fdo.) D. Santa María.

Al señor Ministro en campaña Rafael Sotomayor”.

Estimados lectores, ustedes podrán sacar sus propias conclusiones de todo lo acontecido en este episodio.

viernes, 31 de julio de 2020

La Traición y el odio inveterado

N de R:

Por ser de sumo interés para muchos conciudadanos, nuevamente publico este artículo para satisfacer pedido de muchos camaradas de armas, legionarios de Cáceres, Artillería, familiares y amigos de la colectividad que desean nuevamente leer esta crónica histórica. 
Esta nota fue publoicada en este mismo Blog., en 2018, han pasado mas de dos años y el escenario nacional se ha agravado con la pandemia del Covid19, el odio persiste. AACF






“Dejar al Perú militarmente desarmado es poca garantía. Es menester empobrecerlo en sus industrias, escarmentarlo en sus soldados y en la fortuna de sus ciudadanos. Los rencores, el orgullo humillado, el anhelo de venganza acecharán a las generaciones del pueblo peruano hasta que, se ofrezca la menor coyuntura para que vuelva a la lucha. Esta hora es necesaria demorarla; es necesario que no llegue (…)".
Diario La Patria de Valparaíso abril 1879

Por: Angel Arturo Castro

Pareciera que la pregunta que se hace Zavalita en la obra de Mario Vargas LL “Conversación en la Catedral”, ¿cuándo se jodió el Perú? nuevamente cobra vigencia. La gran tragedia nacional se manifiesta por la existencia de la desunión, envidia, odio y la traición. Sentimientos subalternos que, han dominado la escena nacional a través de las diversas etapas de nuestra historia.

En la obra ¿En qué momento se jodió el Perú? Editado por Milla Batres y publicado en 1990, diversos intelectuales de la época ensayan una explicación al respecto. Cada uno de ellos plantea desde su óptica, los momentos cruciales de nuestra historia, que dan respuesta a la pregunta. Finalmente, cabe destacar la respuesta de Javier Pulgar Vidal “El Perú no está jota, nunca ha estado como país, por obra de algo o de alguien”.

Sin embargo, se puede afirmar sin lugar a equivocarse, que nuestra historia está plagada de hechos que lindan con el sentimiento mas innoble que puede desarrollar y cultivar la persona al interior de su ser, o grupo de personas de una sociedad y que a la larga ha traído consecuencias nefastas para el país, la envidia y esta da lugar al odio inveterado.

En medio de ellos se ha enseñoreado la corrupción, desde hace siglos y atraviesa las capas que cubre el esqueleto de la nación, las ha invadido hasta causar metástasis. La dermis y epidermis de los valores nacionales han sido enterrados, cubiertos con capas de hormigón. La moral nacional se desmorona ante la impávida inacción, miopía y falta de reflejos de las autoridades.

La corrupción es una epidemia endémica, arraigada en toda la sociedad, principalmente en quienes deben controlar. Esta epidemia ha trastocado la vida de nuestra sociedad, influenciado por la presión desmesurada de los corruptos organizados y su incidencia funesta en la estructura del estado nacional difícil de combatir, sin la voluntad de los tres poderes del estado.

Traición proviene del latín traditĭo, es aquella falta que infringe la lealtad o fidelidad hacia alguien o algo. En el ámbito jurídico la traición es considerada como una conducta desleal hacia la nación. Por supuesto, cada estado determina taxativamente para sí, los actos que implican el crimen de traición. En nuestra Constitución vigente la traición es castigada con pena de muerte, solo en caso de guerra exterior.

Nuestra historia está plagada de ejemplos de traición especialmente en el ámbito político, luchas intestinas, caudillismo, civilismo, que han marcado etapas de nuestra historia, que a través de los años se han convertido en un lastre. Este lastre no ha permitido la consolidación de la unidad nacional, unión, ni ha ayudado a mantener un sentimiento de pertenencia y orgullo nacional. Esa es la triste realidad.

Desde la traición de Atahualpa a Huáscar, o viceversa, pasando por la traición de Francisco Pizarro a Diego de Almagro, que acabó violentamente con la vida de los socios; “solo sangre, sudor y lágrimas” ha recorrido las mejillas, cuerpos y almas de la nación. Solo hemos cosechado odio, rencor y la desunión ha marcado el derrotero de nuestra patria. Hasta cuándo.

Hubo visos de unidad nacional, en que se mantuvo la unión en espíritu e intenciones cuando defendimos la patria frente al pretendido retorno de los españoles en 1866. El combate del 2 de mayo de 1866 es el ejemplo más bello y sublime de unidad nacional, en que esa unión permitió la victoria sobre la poderosa flota española.

Después de este brillante capítulo en que supimos defender nuestra libertad a punto de cañonazos y unidad, sobrevino el capítulo más negro de nuestra historia, nos vimos inmersos en una guerra por defender un tratado defensivo con Bolivia, Argentina se abstuvo, nos quedamos solos, esa fue la herencia nefasta de Manuel Pardo y Lavalle que firmó no sabemos pensando en qué en 1873, primer gobierno civilista, después de 50 años de caudillismo militar.

Durante el gobierno de Manuel Pardo y Lavalle, se organizó la Guardia Nacional en batallones, en base a ciudadanos entre 21 y 25 años, tenían un entrenamiento periódico y el servicio que brindaban no era mayor a seis meses. Pero, mal asesorado disminuyó los efectivos del ejército a tres mil hombres. Chile ya había comprado los dos blindados Blanco Encalada y el Cochrane. Había roto el equilibrio militar con Perú.

Una medida grave contra la defensa nacional fue, la suspensión de la compra de armas, entre ellos los dos blindados que debió adquirir Manuel Pardo, el 70% de los efectivos del ejército quedaron en la calle. Pardo organizó la Guardia Nacional para combatir los levantamientos y el bandolerismo. Es decir, para contrarrestar el poder militar.

La propia guerra que Chile declara a Perú tiene como correlato, la envidia que se apoderó y creció como una costra en el corazón de los líderes políticos y pueblo chileno desde muchos años atrás, esa es la explicación final del inicio de la guerra. En su libro “Historia de la guerra de América entre Chile, Perú y Bolivia”, del historiado italiano Tomás Caivano, toca este sentimiento negativo en la relación de los pueblos.

La opulencia de Lima antigua capital de los virreyes, cuyas casas se suponían estaban rebosantes de “vajillas de oro y plata, como en la época de la colonia; Chorrillos con sus fastuosas quintas de recreo de los ricos de la capital, donde, además de los magníficos ajuares, la fama colocaba en cada Rancho o habitación interminables bodegas rebosando de los más exquisitos vinos de Europa que inflamaron en un momento todas las imaginaciones; y en todo Chile no se oía más que una voz, al principio baja y ahogada, durante febrero y marzo de 1879, y luego estridente y atronadora, después de la declaración de guerra. Esta voz era: ¡A Lima, a Chorrillos!”.

Aquellos tiempos, en la versión de Caivano, los nombres de Lima y Chorrillos fueron siempre motivo de envidia y de odio para casi todos los chilenos, las mujeres chilenas soñaban con pasar una temporada en el balneario más hermosos de esta parte del subcontinente, “Chorrillos, mansión de delicias por excelencia de la alta sociedad de Lima durante la estación de baños(verano), era la dolorosa pesadilla de la generalidad de las mujeres chilenas”.

Tomás Caivano destaca los sentimientos negativos de las mujeres chilenas hacia la limeña: “(…) la mujer chilena conocía perfectamente que era menos buena, menos bella y menos graciosa que la limeña; y envidiosa de sus femeniles triunfos, su único y ardiente deseo era ver destruido aquel Chorrillos, donde la odiada limeña reinaba durante cuatro meses del año en todo el esplendor de su bondad, de su belleza y de su gracia”.

Durante esta guerra en la que se debió demostrar nuevamente la unidad nacional, se dieron las más grandes traiciones entre los conductores políticos y militares de la guerra. Hechos que a la larga contribuyeron a la derrota del Perú. La desafección, el odio, la improvisación y la traición entre peruanos fueron responsables de la derrota.

A lo largo del desarrollo de esta guerra existieron un conjunto de desaciertos y traiciones, de hijos que se consideraban preclaros, la crema y nata del patriotismo, sin embargo, solo eran politiqueros sembrando deslealtades, en busca de satisfacer apetencias, necesidades e intereses económicos y políticos, que contribuyeron con sus actos u omisiones a la derrota final.

El historiador Nelson Manrique, en un prólogo escrito para el libro del diplomático peruano Hubert Wieland Conroy (“El punto Concordia y la frontera entre Perú y Chile”) nos recuerda un hecho histórico catastrófico en plena guerra, “Entre 1879 y 1884, en plena guerra, tuvimos cinco presidentes (Mariano Ignacio Prado, Nicolás de Piérola, Francisco García Calderón, Lizardo Montero, Miguel Iglesias).

El presidente Mariano I. Prado se fuga del país el 18 de diciembre de 1879, pretextando compra de armas en Europa, deja un país inerme. La gravísima situación política creada por Prado, por su deserción fue muy criticada porque abandonó el país, traicionando la confianza del pueblo. Cierto, afectó a su familia, pero mucho más la moral de la nación. Un presidente que huye en plena guerra era un traidor.

Prado en su proclama dirigida al país al fugar del país de manera subrepticia, dijo:
“¡Conciudadanos! Los grandes intereses de la patria exigen que hoy parta para el extranjero, separándome temporalmente de vosotros en los momentos en que consideraciones de otro género me aconsejaban permanecer a vuestro lado. Muy grandes y muy poderosos son en efecto los motivos que me inducen a tomar esta resolución. Respetadla, que algún derecho tiene para exigirla así el hombre que como yo sirve al país con buena voluntad y completa abnegación…Al despedirme, os dejo la seguridad de que estaré oportunamente en medio de vosotros”.

El anciano general Luis La Puerta, vicepresidente de Mariano I. Prado, estaba enfermo, carecía de fuerzas para asumir tan grave responsabilidad, pese a gestión de notables de Lima no pudieron vencer su negativa. Esta situación fue aprovechada por Nicolás de Piérola para levantarse y hacerse del poder que tanto había perseguido en cinco insurrecciones.

Dice un antiguo adagio: “A rio revuelto ganancia de pescadores”, mediante un golpe de estado Nicolás de Piérola se hizo del poder, se declaró presidente regenerador, pero en sí, solo era un dictador más. Lo triste y grotesco a la vez, era que esta se realizaba para afirmar su proyecto político, en un momento grave para la república, en plena guerra.

El historiador italiano Tomas Caivano describe la actuación de Nicolás de Piérola así: “Piérola trajo consigo al frente del Estado todas las veleidades, todas las desconfianzas y todos los odios del antiguo conspirador, cosas que unida a una vanidad sin igual se erigieron en norma y guía principal de todas sus acciones”.

Nicolás de Piérola, en plena guerra hizo cambios en la administración del gobierno, nombrando nuevos ministros y reorganizó el ejército, colocando gente de su entera confianza que no estaban preparados en puestos claves, utilizó esta estrategia para mantenerse firme en el gobierno. Postergó a muchos oficiales, nunca los llamó, como los generales Manuel Beingolea y Fermín de Castillo que hubieran sido por su experiencia, muy valiosos en la defensa de Lima.

En diciembre de 1879 el diario chileno “El Ferrocarril”, publica una carta de Mariano Álvarez dirigida al contralmirante Montero. Un análisis del documento le permite al diario chileno criticar la actuación de Piérola indicando: “Desde que asumió la dictadura, el plan de Piérola no ha sido reforzar el ejército, sino organizar apresuradamente otro ejército en Lima que pueda contrabalancear la influencia de aquél”.

El diario trasmite su percepción respecto de las decisiones del gobierno de Piérola en plena guerra, “La organización del ejército y la distribución de los grandes puestos militares obedecen, ante todo, a ese interés político (…) La organización militar se subordina en todas partes a los intereses y ambiciones personales de los diversos círculos políticos”.

El 25 de abril de 1884 en el diario “El Nacional” publicó una denuncia pública en contra del dictador Nicolás de Piérola, hecho que pintaba de cuerpo entero al dictador, en su conducta abusiva y su espíritu veleidoso, y vanidoso. En enero de 1880 Piérola nombra al general de brigada Manuel Beingolea y Oyague como jefe del 2do ejército del sur, una de las medidas de reorganización del ejército.

En abril, Piérola ordena al general Beingolea que parta hacia Arequipa, para lo cual se embarcó en el vapor “Talismán”, nave de triste recordación porque este barco transportó desde Inglaterra armamento, uniformes y personal para una de las tantas revoluciones que había intentado Piérola a lo largo de su vida rebelde y contestataria.

Al llegar a Quilca el 14 de abril, el comandante de la nave Manuel María Carrasco se percata que en la caleta había tres naves enemigas. Realizada una junta de emergencia con los oficiales del ejército, por unanimidad se decide desembarcar en Pisco a donde arribó la nave el 16, para proteger el material valioso que transportaban.

En esta ciudad, el prefecto Mariano Martínez se comprometió en facilitarle mulas para el transporte del armamento, pese a las gestiones que realizó el general Beingolea, mediante radiogramas al dictador, el prefecto que al parecer seguía las indicaciones de Piérola, hacia largas a la entrega de acémilas. En lugar de entregar mulas le entregó borricos que no eran aptos para un transporte tan largo hasta Arequipa.

El general Beingolea puso en conocimiento de Piérola esta demora, ocasionado por la lentitud del prefecto en conseguir mulas. El dictador le ordenó que siguiera su marcha y que el prefecto Martínez le enviaría el cargamento a su punto de caída. Había llegado a la hacienda Ocucaje, cuando recibió un telegrama de Piérola que lo relevaba del mando, siendo reemplazado por el coronel Segundo Leiva, regresó Beingolea a Ica y luego a Lima.

El general Beingolea al presentarse a Piérola fue denostado y maltratado de manera abusiva por el dictador, “Este señor me recibió con altura, con todas las ínfulas de un verdadero dictador, diciéndome ‘su conducta ha sido mala general’(…) Era la primera vez en mi larga vida de soldado  que se me trataba con exabrupto, de manera tan injusta, tan indigna, tan poco en armonía con el lenguaje que debe utilizar un mandatario que se respeta, tan poco en armonía con los fueros de mi elevada posición y de mi acrisolada honradez y lealtad”.

Al general Beingolea se le abrió un sumario, la investigación estuvo a cargo del coronel Manuel Eugenio Velarde encargado de la investigación, quien estableció tres puntos que fueron la base de la acusación: “Mi recalada de Quilca, Mi demora en Ica y mi mala conducta”.

El coronel Segundo Leiva que reemplazó al general Beingolea en la 2da división del sur, se estableció en Arequipa, desde este cómodo lugar, alejado de la guerra, hizo oídos sordos a los telegramas urgentes del coronel Francisco Bolognesi desde Arica, no sabemos si fue por cobardía, por temor, o por cumplir indicaciones del dictador Nicolás de Piérola, enemigo del contralmirante Montero, a quien tampoco quiso apoyar, por celo político.

“Arica, 3 de junio de 1880.- Prefecto. – Arequipa. – Avanzadas enemigas se retiran. Continúan siete buques. Apure Leiva para unírsenos. Resistiremos. – Bolognesi".

Arica, 5 de junio de 1880.- (Recibido en Arequipa el 5.- Prefecto. – Arequipa. – Apure Leiva. Todavía es posible hacer mayor estrago en enemigo victorioso. Arica no se rinde y resistirá hasta el sacrificio. – Bolognesi”.

El coronel de guardias nacionales Agustín Belaunde, quien estaba al mando del batallón “Cazadores de Piérola”, y era pierolista, en la junta de guerra que se realizó para decidir la defensa de la plaza de Arica, tuvo una opinión discordante con la mayoría, fundo su voto en la capitulación, alegando que perdida la esperanza de apoyo de Leiva o Montero, opinó que era pueril que las escasas tropas que defendían Arica podrían detener a las fuerzas chilenas, qué fue, falta de patriotismo, temor o cobardía frente al enemigo.

“Al saber que por razones de orden disciplinario se había decretado su arresto a bordo del monito ‘Manco Cápac’, no esperó la notificación del caso: desertó de su cuerpo en circunstancias que el enemigo asediaba la plaza”. Fue un cobarde desertor, que huyó abandonando a sus tropas. Aprovechó que era compadre de Piérola, en 1896, con el apoyo de este Agustín Belaunde fue diputado al congreso por Tayacaja.

Otro hecho nefando, innoble y traicionero fue el que protagonizó el general boliviano Hilarión Daza. El general Daza en octubre de 1879 se encontraba en Tacna al mando de sus tropas. Mariano I. Prado le ordena desplazarse al sur y encontrarse con las tropas del general Buendía en Pisagua, si hubiera llegado quizás el resultado de la batalla de San Francisco hubiera sido otro.

José Vicente Ochoa periodista boliviano escribió “DIARIO de la Campaña del Ejército Boliviano en la GUERRA DEL PACÍFICO”, donde recogió el testimonio del general boliviano Juan José Pérez, quien hizo graves impugnaciones a la conducta de Daza en la conducción de sus tropas al haber regresado de Camarones a Tacna motivado no por cobardía sino por haberse puesto de acuerdo con el enemigo, traicionando doblemente a su patria y al Perú.

“En Camarones Daza engañaba al ejército haciéndole creer que era llamado por Prado, para combatir a los chilenos en Sama; y al general Prado le decía por telegrama que sus soldados se habían sublevado y que los jefes rehusaban seguir la marcha”. El general Daza antes de salir de Tacna habría sido abordado por agentes chilenos que lo habrían convencido para nunca llegar a Pisagua.

El 18 de noviembre de 1879 el diario “El Mercurio de Valparaíso” publica el siguiente telegrama 16,799. “TELÉGRAFO TRASANDINO. Santiago, noviembre 18 de 1879. Se han tomado todas las medidas necesarias para que el ejército de Daza que salió de Tacna, no se una con el ejército de Iquique. Se ha suspendido la movilización del batallón cívico de Curicó”.  Chile no necesitaba más fuerzas para movilizar hacia Pisagua, había comprado un traidor.

El 31 de agosto de 1882 el general Miguel Iglesias dirige una proclama a los ciudadanos del país desde Cajamarca, fue bautizado el grito de Montán. En esta carta pública, Miguel Iglesias hace conocer las razones para la firma de la paz con los chilenos y expresa que después de la batalla de Chorrillos, prisionero del enemigo es conducido para interceder por la paz con el enemigo: la paz “como único medio de conjurar los descalabros sin cuento a que una loca obstinación iba a precipitarnos”.

La posición mas clara del general Iglesias para finalizar la guerra era la firma de la paz sin importar ceder territorio nuestro a la voracidad chilena, sin importarle el honor y dignidad nacional. No se trataba de un simple terrenito como aseguraba el general Iglesias en su manifiesto, sino de parte importante de nuestro territorio que contiene ingentes riquezas mineras.

No existe alto, bajo o falso honor, como sostiene Iglesias en su manifiesto, si bien es cierto que la ocupación chilena ha hollado nuestro territorio, lo único que muestra su proclama es una manifiesta sumisión a las fuerzas de ocupación, de sometimiento a los interese foráneos, de aceptar entregar territorios a cambio de una paz bajo presión de las bayonetas chilenas:

“Se habla de una especie de honor que impide los arreglos pacíficos cediendo un pedazo de terreno, y por no ceder ese pedazo de terreno que representa un puñado de oro, fuentes de nuestra pasada corrupción, permitimos que el pabellón enemigo se levante indefinidamente sobre nuestras más altas torres desde el Tumbes hasta el Loa; ¡que se saqueen e incendien nuestros hogares, que se profanen nuestros templos, que se insulte a nuestras madres, esposas e hijas! Por mantener ese falso honor, el látigo chileno alcanza a nuestros hermanos inermes; por ese falso honor, viudas y huérfanos de los que cayeron en el campo de batalla, hoy desamparados y a merced del enemigo, le extienden la mano en demanda de un mendrugo”.

Durante las conversaciones entre Jovino Novoa plenipotenciario chileno y su gobierno, se establece el sumo interés en apoyar un gobierno presidido por el general Miguel Iglesias y lo estiman como objetivo primordial de ese gobierno, así lo expresa el telegrama que envía el 24 de enero de 1883: “En buenos términos le decía Novoa, en nuestras manos está hacer o no gobierno a Iglesias, quien por supuesto no tendrá alas para volar sino cuando en forma conveniente hubiese aceptado las bases de Chile”.

Recibido en Santiago el telegrama de Jovino Novoa, el presidente de Chile Santa María le contestó el 15 de febrero 1883: “Creo que estamos en la misma cuerda i por ahora no veo a que otra parte pudiéramos llevar nuestros esfuerzos, No queda más que Iglesias digan lo que quieran sobre él los de aquí y los de allá. Es el único hombre que tiene coraje para decir lo que siente y que lo tendrá para hacer lo que crea conveniente. Nosotros debemos fortificarlo y ver modo que su poder sea absoluto y verdadero en todo el Norte. Si logramos darle cuerpo debemos apresurarnos a tratar con él que, si mañana cae porque sus mismos paisanos lo tumban, no por eso dejará de ser cierto, verdadero y eficaz el tratado que habríamos firmado”.

El presidente Santa María tenía la seguridad que Francisco García-Calderón preso en Chile y Nicolás de Piérola no firmarían un tratado de paz de acuerdo con sus exigencias leoninas y en telegrama enviado a Patricio Lynch le ordena empeñarse en apoyar a Iglesia, condiciones de ajustar con él la paz. Todos nuestros esfuerzos deben en estos momentos dirigirse en este sentido.

Mientras tanto, las conversaciones iniciadas entre Jovino Novoa y Castro Zaldívar cuñado y representante de Miguel Iglesias, según Gonzalo Bulnes, dieron lugar al inicio de las negociaciones de paz, dado que ambos habían superado su desconfianza.

Se hizo necesaria la repatriación de José Antonio Lavalle, y José Antonio García y García. El primero aceptó regresar, no así García y García. Por lo que, tuvo que levantarse la repatriación a Andrés Avelino Aramburú. Esta acción la toma Chile para dar autoridad política al acuerdo, Lavalle representaba al partido de Piérola y Aramburú era un destacado periodista, director del diario El Nacional.

En el tomo II-capituló IV- Pág. 286, de la colección Pascual Ahumada Moreno, publica la carta que remite Mariano Álvarez el 31 de diciembre de 1879, al Contralmirante Montero que se encontraba en Arequipa, haciéndole conocer las actividades que venía realizando en Lima, organizar una asociación para acopiar víveres, vestuario, calzado y enviarle a la brevedad, sabiendo las necesidades urgentes; para ello, solicitó a particulares una contribución. A esos niveles llegamos en esa guerra.

También le comunicó que el nuevo gobierno tenía planeado enviar al 3er ejército del sur dinero y vestuario y no víveres porque en consideración de Piérola, en el sur abundaban los suministros y no era necesario, Álvarez le pedía a Montero mantenerse en coordinación a fin de satisfacer lo que la mezquindad del gobierno le negaba.

Le informa las medidas que había tomado el dictador Nicolás de Piérola contra la prensa por publicarse los diarios sin la firma que exigía el Estatuto Provisorio. Había dispuesto la detención de los directores de los diarios; además, le da a entender que Piérola con las facultades omnímodas, sus acciones negativas, se iba desprestigiando.

Le informa que Nicolás de Piérola, presidente de facto, sentía desconfianza y celo por el Contralmirante Montero, “Pero Piérola, que no puede dejar de conocer que si usted triunfa sobre los enemigos su poder desaparecerá en el instante, hará todo lo posible por privar a usted de los medios de acción y retardará por lo mismo, la guerra cuanto pueda, con gran riesgo de la causa nacional”. La guerra era contra Montero y contra los chilenos.

Otro hecho que configura la traición es la que narramos a continuación, Andrés Avelino Cáceres, se encontraba luchando contra las fuerzas chilenas en la zona andina, desde Izcuchaca el 6 de febrero de 1882, le dirige dos cartas al pierolista coronel Arnaldo Panizo quien permanecía en Ayacucho. Las fuerzas al mando de Panizo habían pasado bajo el mando de Cáceres, sin embargo, Panizo no le reconoce autoridad y no se incorpora a la organización del ejército de resistencia.

Panizo desafía la autoridad de Cáceres, pese al acta de sometimiento a la autoridad de Cáceres, demorando de esta manera incrementar las fuerzas de resistencia y hacer frente a la expedición chilena “que se enseñorea actualmente, con todo su cortejo de horrores, en el departamento de Junín, ondeando por segunda vez al yugo humillante de una invasión refractaria hasta los más vulgares sentimientos de humanidad”.

Cáceres muy dolido por la indolencia de Panizo, finaliza la carta diciendo “Por desgracia, han podido más en el ánimo de V.S. consideraciones de otro género que los preceptos del sagrado deber de salvar a la patria, entregada a los azares de una guerra de depredación y de conquista”.

Cáceres escribe la segunda carta a Panizo desde Huancavelica el 11 de febrero de 1882, en ella le indica que su actitud se había convertido en un obstáculo para lograr la unidad, era contrario al interés nacional empeñada en agrupar a todos los peruanos alrededor del gobierno provisorio, claro está, con la sola excepción de las fuerzas de Panizo.

“Cuando la desgracia común toca a las puertas de la nación, revestida con los horrores de una guerra implacable de devastación y conquista, no hay derecho ni tiempo para entrenerse en combinaciones de política. Acudir al peligro con el concurso común, no absoluta prescindencia de colores y banderas de partido es el único deber que reclaman los esfuerzos todos del patriotismo”.

Pese a todos los esfuerzos realizados por Cáceres, sus deseos se estrellan contra la indiferencia estoica de Panizo este no se conmueve con nada, permanece en Ayacucho, no mueve un dedo para apoyar a Cáceres, no sabemos si es por cobardía, temor a las tropas chilenas o seguía siendo leal a Piérola.

Como se ha referido, Panizo desconoce la autoridad de Cáceres en los departamentos del centro y la del gobierno provisorio. Finalmente, Cáceres hace responsable a Panizo “ante Dios y los hombres de las consecuencias que sobrevengan, y dejándole la triste satisfacción, si llegase el caso, de coronar la sangrienta obra de los chilenos, victimando al ejército de mi mando con el arma que el de V.S. Se ha negado blandir ante el enemigo”.

A lo largo de estas líneas hemos referido algunos hechos solo de la guerra con Chile que configuran la traición, el odio y la envidia que llevaron a ese país a declararnos la guerra, y cómo los líderes militares y civiles de la república, prefirieron dar rienda suelta a sus debilidades y apetencias de poder, en lugar de buscar la unidad nacional para enfrentar al enemigo. Los resultados hoy los conocemos.

Qué aprendió el Perú de todo esto, qué aprendieron las autoridades, líderes políticos, empresariales, la población misma, diríamos muy poco, casi nada, la misma desafección por la patria, la envidia, odios y rencores no cesan, el país sigue enfrentado, no existe ni existirá reconciliación alguna.

Hay un sector anti todo que está presto a lanzar sus dardos envenenados en el pecho a quienes no concuerdan, no comulgan con sus ideas. Vivimos en el siglo XXI, pero parece que hemos retrocedido a la barbarie política, al linchamiento judicial, a la burla y denigración pública de antaño.

Está triunfando el odio entre peruanos, gracias a campañas mediáticas, parece que la violencia subversiva, terrorista antipatriota hubiera tomado la conciencia colectiva de un sector de la población, nos parece que se hubiera mimetizado en organizaciones que persiguen el poder político para implantar ideas trasnochadas, fracasadas en otras latitudes y todos bien gracias. Así estamos en pleno siglo XXI y a escasos años del bicentenario, nada menos.