Australian War Memorial

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EXTERIOR DE MEMORIA DE LA GUERRA-AUSTRALIA

jueves, 15 de noviembre de 2018

La Grandeza de Tarapacá


“Cuando se conoce el sitio, se puede comprender la determinación que mostraron los hombres vencidos, agobiados en fuga. Tienen que trepar a lo largo de esa verdadera pared natural, por senderos que no lo son: tan escarpadas como estrechas”.
Claude Michel Cluny (Historiador, ensayista, editor francés)



Por: Crl. Art. Angel Arturo Castro Flores

Obtenida la superioridad marítima por Chile después del combate de Angamos en que muere Miguel Grau y su heroica tripulación, y el Monitor Huáscar es capturado por las fuerzas enemigas, el océano se abre de par en par para las tropas chilenas, que además de obtener la superioridad, obtuvieron libertad de acción para desplazar a su ejército hacia territorio peruano, sin enemigos a la vista.


El historiador venezolano Jacinto López nos relata el frenesí, la alegría, las celebraciones que se realizaron en Chile después de la captura del Monitor Huáscar, con ello no solo demuestran el gran temor que tenían a ese pequeño buque y a su gran comandante, sino respeto a la capacidad y experiencia del comandante Grau y su tripulación.

Escribió Rafael Sotomayor, sin ocultar su inmensa alegría, “Chile entero celebra entusiasmado tan fausto acontecimiento que viene a poner término a la contienda marítima y expedita la senda por donde nuestro ejército no tardará en marchar”, (2)

El general Augusto Pinochet en su obra Guerra del Pacífico, Campaña de Tarapacá establece algunas “Deducciones militares del desembarco en Pisagua”. Entre ellas, la que el Comando chileno había establecido respecto del lugar del desembarco, luego de conocer el informe de un reconocimiento de la costa realizada el 27 de agosto de 1879.
“…en este documento se recomendaba como lugar de un desembarco a Pisagua, porque este puerto estaba más de acuerdo con las posibilidades de las futuras operaciones chilenas hacia el interior del departamento:
·         contar con línea férrea, una fuente de agua y las repercusiones de carácter estratégico que se obtendrían al separar a las fuerzas ubicadas en Arica-Tacna de las acantonadas en La Noria-Pozo Almonte”. (3)

El 2 de noviembre de 1879 casi un mes después de la caída de Miguel Grau en Angamos, fuerzas chilenas de “9, 640 hombres, 853 caballos, artillería, algunos mulares y otros implementos de campaña”(4), transportados desde Iquique en 19 embarcaciones. Inician el desembarco en Pisagua.

El bombardeo de naves enemigas contra la defensa de esta bahía fue el preludio del ataque, la defensa compuesta únicamente por dos cañones de 100 libras ubicadas al norte y sur de la bahía. Un desembarco en la playa Junín y otra en la bahía de Pisagua completaron la operación.

Las fuerzas defensoras constituidas por tropas peruanas y bolivianas escasamente ascendían a 2400 defensores. Esta operación de desembarco planeada por el comando chileno ubicaba al grueso de sus fuerzas en posición central, entre Iquique y Arica y desde este lugar podrían emprender operaciones para vencer al ejercito del sur al mando del general Buendía.

“Al siguiente día desembarcamos con el general y recibí la primera impresión de los horrores de la guerra, porque nos encontramos en presencia de un cuadro verdaderamente infernal. La beodez, el incendio, la matanza, el pillaje y cuanto pueda idearse de odioso estaba allí a nuestra vista con gran escándalo mío, porque no concebía cómo los jefes y oficiales toleraban tanta licencia. Luego vi que el general en jefe era impotente para remediar el desorden, no por falta de voluntad para hacerlo sino por incapacidad para mandar”. (Memorias José Francisco Vergara)

Benjamín Vicuña Mackenna historiador y propagandista chileno, dice que las tropas de la coalición después de la batalla de Dolores o San Francisco, derrotadas por la superioridad chilena se dirigían hacia Tarapacá. Las tropas se desplazaban por el desierto sin agua, sin víveres, solo movidos por su intenso patriotismo. Según Vicuña Mackenna lo hacían “no como ejército sino como tropel”. (5)

Pero no solo fue crítico de las fuerzas de la coalición peruano-boliviana, sino de los propios jefes de su ejército, a quienes enrostraba la demora en la prosecución de las operaciones para aniquilar a las fuerzas peruano-bolivianas que fugaban en retirada según visión del historiador chileno. No podemos establecer porqué esa inmovilidad, pues tenían todo a la mano. No sabemos si fue falta de decisión o quizá temor.

“Pero ese día velaban también en el campo de los chilenos una densa sombra de índole diversa: la de torpe inacción que malograba los óptimos frutos de la sangre, de la estrategia y la fortuna. Nuestro ejército amodorrado en las calicheras no movía todavía una sola patrulla en demanda del enemigo, que se rehacía a su vista. Así pasaron los mortales días 20, 21, 22 y 23 de noviembre, dejando escaparse un ejército que fugaba a pie, teniendo nosotros montados a la puerta del cuartel general 500 magníficos jinetes. ¡Funesta inmovilidad!”. (6)

El 2 de noviembre de 1879, después del desembarco y combate con fuerzas de la coalición, los chilenos ocupan Pisagua. Esta derrota obligó a Mariano I. Prado que se encontraba en Arica a realizar una junta de guerra. Prado dispuso que el general Hilarión Daza que se hallaba en Tacna, partiera con sus fuerzas hacia el sur a encontrase con las del general Buendía.

El 14 de noviembre de 1879 las tropas bolivianas llegaron a quebrada de Camarones, se detuvieron inexplicablemente 48 horas, se dice que las tropas bolivianas se negaban a continuar la marcha hacia el sur, el general Daza no encontraba forma para hacerlos marchar, había perdido fe y liderazgo, o realmente no quería avanzar y buscaba un pretexto para esconder su falta de hombría.

El 16 Daza envió telegrama al presidente Prado “Desierto abruma: ejército se niega a pasar adelante”, disponiendo el retorno a Arica, lo que causó tremenda desazón por esta traición, entre sus oficiales. Esta noticia llegó al general Buendía el día 19 antes de la batalla de San francisco. Lo que cayó como una bomba nuclear entre las tropas peruanas.

Después de la derrota de San Francisco el ejército de la coalición realizó una marcha forzada sin detenerse. Fueron 52 horas de dura caminata, sin comida, agua y sin descansar, demostrando su temple de acero. En total caminaron 52 leguas, unos 180 kilómetros hasta Tarapacá, toda una proeza. El coronel Suarez había adelantado su llegada a este poblado para acopiar todo tipo de víveres, agua, y buscar lugares de descanso, para las tropas extenuadas y sedientas.

Una extraña dilación se apoderó de los jefes chilenos en Pisagua. Antes de la batalla de Tarapacá las tropas chilenas se encontraban en una inmovilidad que sorprendía a todos sus integrantes, adormecidos por el sol, la falta de información de sus superiores, sedientos de batalla, pero finalmente cómodos. No recibían ninguna explicación de sus jefes.

Lo más extraño de esta situación era que el general Manuel Baquedano comandante de la caballería chilena, se había quedado en Pisagua, “en las modestas tareas de mayordomo de la intendencia del ejército, en los días en que sus valientes subalternos acuchillaban en Germania, bajo las órdenes del teniente coronel de guardias nacionales José Francisco Vergara a los húsares de Junín y de Bolivia”. (7)

En la tarde del 23 de noviembre de 1879 recién se ponen en movimiento las tropas chilenas, el coronel Emilio Sotomayor Baeza partió de San Francisco al mando de 360 cazadores. Llegaron al caserío Agua Santa donde pernoctaron, con escasa comida para hombres y bestias, al día siguiente después de marcha forzada llegó a la una de la tarde a Peña Grande.  

En este lugar capturan al gendarme Abarca, asistente que trasladaba el equipaje del coronel Suarez de Iquique a Tarapacá, “El asistente Abarca entregó todas sus cargas, incluso el archivo del estado mayor, que de esa suerte vino a ser prenda valiosa de los armarios de nuestra biblioteca”. (8)

La división Ríos, descansó el 24 de noviembre en Tirana, a poca distancia el coronel Sotomayor y sus tropas descansaban en Peña Grande, el coronel Ríos había partido de Iquique (Estación Molle) dos días antes. Sus fuerzas estaban compuestas por ochocientos hombres, “Eran milicias de Iquique, de Pisco, del Loa y de Tarapacá mismo”. (9)

El núcleo de las fuerzas del coronel Miguel de los Ríos estaba conformado por el batallón cívico de Iquique al mando del coronel Alfonso Ugarte Bernales con 300 hombres. Las otras fuerzas peruano-bolivianas que iban hacia Tarapacá eran: columna Loa (200 plazas), columna Tarapacá (200 plazas) y columna Naval (200 plazas).

El día 25 las tropas de la coalición, fatigadas, sedientas y hambrientas después de una marcha forzada por el desierto, atravesó la Pampa de Isluga, descendió la quebrada de Tarapacá, por el camino de Huarasiña, su única entrada, hecha jirones el uniforme y el hambre mordiendo sus entrañas.

El historiador Benjamín Vicuña Mackenna, no lo dice explícitamente, pero reconoce el esfuerzo de las tropas nacionales, y lo expresa indicando que las tropas de la coalición: “Había recorrido no menos de 50 leguas en menos de tres días. Así andaban los peruanos, mientras nosotros dormíamos y nos desperezábamos”. (10)

El general Augusto Pinochet Ugarte en su obra “La guerra del Pacífico”, campaña de Tarapacá expresa “Santa Cruz inició la macha de su columna totalmente convencido de que se dirigía al lugar designado, pero, después de andar dos o tres horas se encontró con que lo caminado era en círculos”. Era por efecto de la camanchaca (11)

El 27 de noviembre al amanecer las fuerzas enemigas de la agrupación Santa Cruz emprendía la marcha desde Isluga cubierto por una densa camanchaca, esa neblina espesa que no permite la visión del terreno más allá de los 5 metros, lo que facilita la desorientación de las tropas.

En la versión chilena del general Pinochet, las fuerzas chilenas adoptaron la siguiente organización en tres columnas:
1° Columna Santa Cruz: Al mando del Tte. Coronel Santa Cruz e integrada por el "Zapadores", "Granaderos a Caballo", 1 Compañía del 2º de Línea y 4 piezas Krupp, lo que en total sumaba 500 hombres. Con la Misión: Penetrar hasta Quillaguasa, ocupar la localidad para cortar desde allí toda retirada enemiga hacia el Este.
2° Columna Ramírez: Al mando del Tte. Coronel Eleuterio Ramírez; la constituían siete compañías del 2 de Línea, 1 Escuadrón de "Cazadores a Caballo" y dos piezas de artillería (cañones de bronce) de la Artillería de Marina. Con la Misión: Atacar por el fondo de la Quebrada de Tarapacá, en dirección general: Huaraciña-Tarapacá, para sobrepasar el caserío y obligar a los aliados a replegarse sobre Quillaguasa.
3° Columna Arteaga: Mandada por el propio Coronel Arteaga, estaba formada por el Regimiento de Infantería "Chacabuco", Artillería de Marina y 2 piezas de Artillería.
Misión: Avanzar por el costado Norte de la quebrada hasta la línea del pueblo de Tarapacá y desde allí atacar el flanco Norte de las tropas de Buendía, ubicadas en el caserío de Tarapacá y cortar la posible retirada de estas tropas hacia el Norte”. (12)

El general Augusto Pinochet critica esta organización de las fuerzas chilenas en su aproximación al objetivo, Tarapacá, considerando a la misma como teórica para el combate, se desconocía información vital del dispositivo, composición y fuerza de la coalición, se “elaboró sin tener ni la más remota idea o un conocimiento aproximado del dispositivo enemigo y desconocer la cantidad de sus fuerzas; además adolece de numerosos errores fundamentales, que fueron las causas principales del fracaso de los chilenos en su ataque a ciegas sobre un dispositivo desconocido y como es lógico significó un alto costo en vidas”. (13)

El general Pinochet afirma en su obra que, “El coronel Suarez cuando recibió la noticia de la proximidad de las tropas chilenas consideró que el fin llegaba para el ejército de Tarapacá”. (14) Probablemente infirió de esa manera llevado por la lectura de partes de guerra, sin embargo, le faltó precisar la capacidad de reacción de las tropas peruanas, pese a encontrarse muy agotadas al máximo de su capacidad.  

Las fuerzas enemigas iniciaron el ataque en tres columnas: la primera al mando del teniente coronel Eleuterio Ramírez conformada por  los  batallones del regimiento 2do de Línea y dos cañones de bronce, su objetivo conquistar Huarasiña, las provisiones de agua del poblado, para avanzar hacia Tarapacá; la segunda, a órdenes del coronel Arteaga, conformada por el regimiento Artillería de Marina, batallón Chacabuco, cuatro cañones de Bronce y dos cañones Krupp, atacar por las alturas que dominaban el poblado; y la tercera, dirigida por el comandante Ricardo Santa Cruz e integrada por un batallón del 2do de Línea, 260 hombres del Zapadores, 116 Granaderos a Caballo y dos secciones de artillería Krupp de montaña, para cerrar el paso de Quillaguasa y evitar la retirada de las fuerzas de la coalición hacia Arica. La encerrona planeada por el mando chileno no dio resultados.

El 27 de noviembre el entonces coronel Andrés A. Cáceres, observando el valle de Tarapacá que no tenía más de 400 metros de ancho en promedio; creyó escuchar el sonido de sables que se expandió por todo el valle, no podía ser de la caballería peruana que había partido temprano; al mismo tiempo, un vuelo de torcazas se elevó al cielo, señal que Cáceres interpretó como presencia del enemigo.

Cáceres ante esta sospecha y viendo el peligro en que encontraban sus fuerzas, dio la alarma inmediata exclamó “¡Enemigos!” “¡Que forme la división en tres columnas!” De inmediato trasmitió la orden al coronel Manuel Suárez, jefe del 2 de mayo “¡Su batallón detrás del mío! ¡En silencio, armar bayonetas y arriba!”. (15)
                                 
En la versión chilena, Pinochet indicó que es el coronel Suarez quien ordenó a sus fuerzas evacuaran el pueblo rápidamente, lo que hicieron de inmediato la división Cáceres y División Bolognesi, ganando las alturas que rodeaban el pueblo, “el hecho de haberse cumplido esta orden con prontitud y sin vacilaciones significó el triunfo para el Perú, pues si se hubiesen defendido habría sido ir a un sacrificio inútil”. (16)

Cáceres con su división ganaron rápidamente las alturas por el Oeste para no estar en desventaja frente al enemigo y enfrentó a las fuerzas de Santa Cruz haciéndola retroceder. La columna Ramírez logró penetrar a la quebrada por Huarasiña siendo rechazada luego de violento combate por la división del coronel Bolognesi quien combatió enfermo. Cáceres recibió refuerzos y logró poner en fuga a las fuerzas enemigas.

El combate fue heroico, violento, sin tregua nuestras tropas agotadas, cansadas hasta la inanición, extenuadas, después de haber recorrido el desierto por casi 200 kilómetros, aun así, en esas circunstancias supremas de la capacidad humana, sobreponiéndose a su propio agotamiento y limitaciones logísticas lucharon frente a una fuerza que venía de obtener victorias en Pisagua, San Francisco y Germania.

El general Augusto Pinochet describe la batalla de Tarapacá desde el lado de las fuerzas chilenas, con tanto realismo que expresa la angustia y temor que sentían las tropas enemigas ante el empuje batallador de las fuerzas de la coalición “En esta hora de angustia, todos disputaban la victoria en un esfuerzo sobrehumano; pero aquellos que captaban la situación con realismo comprendieron la gravedad del momento y la necesidad de una retirada antes de perderlo todo…”. (17)

En esas circunstancias tan adversas para las fuerzas enemigas a punto de darse a la fuga, en que el temor se venía apoderando del espíritu combativo y su moral decaía estrepitosamente frente al ataque de nuestras fuerzas, el Tte Crl Vergara, envía un mensajero al poblado de Dibujo para comunicar al General en Jefe, la retirada de las fuerzas de Tarapacá.

El mensaje decía: "Señor General: Nos batimos hace más de tres horas con fuerzas muy superiores. Estamos en mala situación y no es improbable una retirada más o menos desastrosa. Conviene que nos mande encontrar con agua y algunos refuerzos. D. G. a Ud. José Francisco Vergara". (18)

Llamadas por el general Juan Buendía, de Pachica llegaron dos divisiones la Primera y Vanguardia llamadas por Suárez, reforzaron todos los sectores y luego las fuerzas chilenas huyeron por la Pampa de Isluga perseguidas de cerca por los peruanos. Las fuerzas peruanas perdieron 236 hombres, hubo 337 heridos; por su parte los chilenos tuvieron 758 bajas entre muertos y heridos y 56 prisioneros.

La actuación de Andrés A. Cáceres y del batallón Zepita en la batalla de Tarapacá, recibió numerosos elogios, entre ellos del coronel Belisario Suárez, jefe de estado mayor general quien anotó lo siguiente: “Zepita tomó cuatro de los cañones enemigos con sus municiones, mientras, digno émulo de su decisión y de su gloria, llevaba en trofeo el regimiento Dos de Mayo, los dos que se encontraban a su frente. Estaba cumplida, en los primeros momentos del combate, una de las más notables proezas de la infantería, y fue cuando brilló el valor y cuando se revelaron en todo su mérito la perseverancia y talento militares del comandante general de la segunda división, señor coronel Andrés Avelino Cáceres, que tuvo el acierto, tan raro en el arte, de saber utilizar la victoria sin dejarse arrastrar ciegamente por ella. Preocupado sólo del triunfo de nuestras armas, el coronel Cáceres moderó el ardor de sus soldados, organizó el mismo entusiasmo, y no pedía sino fuerzas que recordaron su plan admirablemente combinado y que redujo a la impotencia a los contrarios”. (19)

El general Juan Buendía comandante en jefe del ejército del sur, luego de la batalla de Tarapacá, emitió el parte oficial de la batalla, en ella no escatima elogios para nuestras fuerzas y los jefes y oficiales, relevando la intrepidez, valor e ímpetu del ataque que hicieron huir a la infantería y caballería enemiga, quedando la artillería en poder de nuestras fuerzas.

El general Juan Buendía relata que fue la primera división al mando del coronel Andrés A. Cáceres la primera en ocupar las alturas del poblado, recibieron fuego de artillería enemiga y gracias a su heroísmo se aproximaron hasta cercanías del enemigo, deplorando la muerte de coronel Manuel Suarez y del teniente coronel Juan Bautista Zubiaga.

“La tercera división, al mando del señor coronel comandante general don francisco Bolognesi, tiene también gran parte en la victoria; su jefe, que hasta el momento del combate se encontraba enfermo y postrado en cama, olvidó sus padecimientos y marcho a la cabeza de su división…” (20). Mariano Santos Mateo arrancó el estandarte del Regimiento 2do de línea chileno, mereció mención honrosa en el parte de su jefe de División, el coronel Francisco Bolognesi.

Las fuerzas peruanas, ejército pequeño pero valeroso emprendió la retirada hacia Arica al día siguiente de la batalla, no pudieron salvar la provincia de Tarapacá. Hizo un primer alto en la garganta de Aroma, el siguiente en Camiña aquí descansó un día “entre verdes campos de tréboles, viñas, olivos y huacas”. Atravesaron el desierto de Camarones y llegaron a Arica el 18 de diciembre.

El escritor inglés Clements Markham, describe el resultado de la batalla: “Si se considera detenidamente las mil dificultades del caso: la falta de víveres y de recursos de todo género, la carencia de todo medio de comunicación con base alguna, la imposibilidad de recibir socorros, habrá de convenir que el general Buendia tomó el partido conveniente al decidir el abandono de la provincia tras el fracaso del brillante asalto al cerro de San Francisco. Salvó así la flor de su ejército y prestó a su patria el mejor servicio posible en aquellas circunstancias; y aun para hacer eso debió no solo dar una batalla, sino ganar una victoria”. (21)

La derrota de las fuerzas enemigas en Tarapacá trajo momentos de consternación, pesadumbre y dolor en las autoridades chilenas. El presidente chileno Aníbal Pinto el 2 de diciembre de 1879, escribe una carta a Rafael Sotomayor: “Yo atribuyo este desgraciado acontecimiento:
1.      A ligereza. Se envió una pequeña división a Tarapacá sin saber a punto fijo si había allí enemigos.
2.      A petulancia. Estamos poseídos de la idea de que un soldado chileno puede levantar la cordillera de los Andes en la punta de su bayoneta, y guiados por este sentimiento no es de extrañar que cometamos imprudencias como la de Tarapacá”. (22)

Rafael Sotomayor Baeza era ministro de guerra y marina, luego de la derrota de sus fuerzas en Tarapacá, poseído de una gran indignación, escribía Pinto: “Los 700 u 800 hombres perdidos en Tarapacá con 7 u 8 cañones y mucho armamento se debe en gran parte a esa servil adoración de la táctica de Moltke, que falsamente se le atribuye a este capitán. Se quiso tener un Sedán, dar pruebas de estrategia militar y se encontró un sepulcro inmerecido para nuestra tropa…” (23)

El significado de Tarapacá para las generaciones de nuevos soldados de nuestro ejército ha quedado grabado en mármol. Es una luz que ilumina el firmamento, es un ejemplo que aflora de las múltiples acciones de valor y heroísmo de la lucha tenaz, en las condiciones muy desventajosas en que se encontraban, sobreponiéndose a ello, sacaron del fondo del alma el espíritu guerrero de sus ancestros.

Hoy la Batalla de Tarapacá es reconocida mundialmente como el triunfo de las fuerzas morales frente a la adversidad. El soldado peruano se sobrepuso al cansancio, la sed, las enfermedades, a la falta de apoyo, a la deserción, cobardía criticable en esa hora aciaga.

La sangre de nuestros soldados ha humedecido el valle y las arenas de esta bendita tierra, sacrificio memorable por siempre. Allí en ese suelo, en sus arenas desérticas, que espera resarcir su dolor y frustración, cayeron los heridos, quedaron los muertos, las balas y cañones, el choque de bayonetas y los ayes de dolor.

¡Tarapacá Victoria memorable!

Imagen: Óleo que representa a la Batalla de Tarapacá, del 27 de noviembre de 1879, victoria peruana sobre las fuerzas chilenas.
Notas:
·         López, Jacinto: Historia de la guerra del guano y del salitre: 1 y 2.
·         Pinochet Augusto. Guerra del Pacífico. Campaña de Tarapacá: 3, 4, 12, 13, 14, 15, 16,17, 18.
·         Vicuña, Benjamín. La fallida ‘encerrona a los peruanos’: 5, 6, 8, 9, 10.
·         CACERES: CONDUCTOR NACIONAL. CPHE. 1984: 19
·         ISIDORO, ERRÁZURIZ. La jornada de Tarapacá, folleto, diciembre de 1879: 7
·         Buendia, Juan. Parte oficial de la batalla de Tarapacá: 20.
·         Markham, Clements. “La guerra entre Perú y Chile”. Batalla de Tarapacá: 21
·         Bulnes Gonzalo. “Guerra del Pacífico”. Tomo 1: 22, 23.






lunes, 29 de octubre de 2018

La traición y el odio inveterado


“Dejar al Perú militarmente desarmado es poca garantía. Es menester empobrecerlo en sus industrias, escarmentarlo en sus soldados y en la fortuna de sus ciudadanos. Los rencores, el orgullo humillado, el anhelo de venganza acecharán a las generaciones del pueblo peruano hasta que, se ofrezca la menor coyuntura para que vuelva a la lucha. Esta hora es necesaria demorarla; es necesario que no llegue (…).
Diario La Patria de Valparaíso abril 1879

Pareciera que la pregunta que se hace Zavalita en la obra de Mario Vargas LL “Conversación en la Catedral”, ¿cuándo se jodió el Perú? nuevamente cobra vigencia. La gran tragedia nacional se manifiesta por la existencia de la desunión, envidia, odio y la traición. Sentimientos subalternos que, han dominado la escena nacional a través de las diversas etapas de nuestra historia.

En la obra ¿En qué momento se jodió el Perú? Editado por Milla Batres y publicado en 1990, diversos intelectuales de la época ensayan una explicación al respecto. Cada uno de ellos plantea desde su óptica, los momentos cruciales de nuestra historia, que dan respuesta a la pregunta. Finalmente, cabe destacar la respuesta de Javier Pulgar Vidal “El Perú no está jota, nunca ha estado como país, por obra de algo o de alguien”.

Sin embargo, se puede afirmar sin lugar a equivocarse, que nuestra historia está plagada de hechos que lindan con el sentimiento mas innoble que puede desarrollar y cultivar la persona al interior de su ser, o grupo de personas de una sociedad y que a la larga ha traído consecuencias nefastas para el país, la envidia y esta da lugar al odio inveterado.

En medio de ellos se ha enseñoreado la corrupción, desde hace siglos y atraviesa las capas que cubre el esqueleto de la nación, las ha invadido hasta causar metástasis. La dermis y epidermis de los valores nacionales han sido enterrados, cubiertos con capas de hormigón. La moral nacional se desmorona ante la impávida inacción, miopía y falta de reflejos de las autoridades.

La corrupción es una epidemia endémica, arraigada en toda la sociedad, principalmente en quienes deben controlar. Esta epidemia ha trastocado la vida de nuestra sociedad, influenciado por la presión desmesurada de los corruptos organizados y su incidencia funesta en la estructura del estado nacional difícil de combatir, sin la voluntad de los tres poderes del estado.

Traición proviene del latín traditĭo, es aquella falta que infringe la lealtad o fidelidad hacia alguien o algo. En el ámbito jurídico la traición es considerada como una conducta desleal hacia la nación. Por supuesto, cada estado determina taxativamente para sí, los actos que implican el crimen de traición. En nuestra Constitución vigente la traición es castigada con pena de muerte, solo en caso de guerra exterior.

Nuestra historia está plagada de ejemplos de traición especialmente en el ámbito político, luchas intestinas, caudillismo, civilismo, que han marcado etapas de nuestra historia, que a través de los años se han convertido en un lastre. Este lastre no ha permitido la consolidación de la unidad nacional, unión, ni ha ayudado a mantener un sentimiento de pertenencia y orgullo nacional. Esa es la triste realidad.

Desde la traición de Atahualpa a Huáscar, o viceversa, pasando por la traición de Francisco Pizarro a Diego de Almagro, que acabó violentamente con la vida de los socios; “solo sangre, sudor y lágrimas” ha recorrido las mejillas, cuerpos y almas de la nación. Solo hemos cosechado odio, rencor y la desunión ha marcado el derrotero de nuestra patria. Hasta cuándo.

Hubo visos de unidad nacional, en que se mantuvo la unión en espíritu e intenciones cuando defendimos la patria frente al pretendido retorno de los españoles en 1866. El combate del 2 de mayo de 1866 es el ejemplo más bello y sublime de unidad nacional, en que esa unión permitió la victoria sobre la poderosa flota española.

Después de este brillante capítulo en que supimos defender nuestra libertad a punto de cañonazos y unidad, sobrevino el capítulo más negro de nuestra historia, nos vimos inmersos en una guerra por defender un tratado defensivo con Bolivia, Argentina se abstuvo, nos quedamos solos, esa fue la herencia nefasta de Manuel Pardo y Lavalle que firmó no sabemos pensando en qué en 1873, primer gobierno civilista, después de 50 años de caudillismo militar.

Durante el gobierno de Manuel Pardo y Lavalle, se organizó la Guardia Nacional en batallones, en base a ciudadanos entre 21 y 25 años, tenían un entrenamiento periódico y el servicio que brindaban no era mayor a seis meses. Pero, mal asesorado disminuyó los efectivos del ejército a tres mil hombres. Chile ya había comprado los dos blindados Blanco Encalada y el Cochrane. Había roto el equilibrio militar con Perú.

Una medida grave contra la defensa nacional fue, la suspensión de la compra de armas, entre ellos los dos blindados que debió adquirir Manuel Pardo, el 70% de los efectivos del ejército quedaron en la calle. Pardo organizó la Guardia Nacional para combatir los levantamientos y el bandolerismo. Es decir, para contrarrestar el poder militar.

La propia guerra que Chile declara a Perú tiene como correlato, la envidia que se apoderó y creció como una costra en el corazón de los líderes políticos y pueblo chileno desde muchos años atrás, esa es la explicación final del inicio de la guerra. En su libro “Historia de la guerra de América entre Chile, Perú y Bolivia”, del historiado italiano Tomás Caivano, toca este sentimiento negativo en la relación de los pueblos.

La opulencia de Lima antigua capital de los virreyes, cuyas casas se suponían estaban rebosantes de “vajillas de oro y plata, como en la época de la colonia; Chorrillos con sus fastuosas quintas de recreo de los ricos de la capital, donde, además de los magníficos ajuares, la fama colocaba en cada Rancho o habitación interminables bodegas rebosando de los más exquisitos vinos de Europa que inflamaron en un momento todas las imaginaciones; y en todo Chile no se oía más que una voz, al principio baja y ahogada, durante febrero y marzo de 1879, y luego estridente y atronadora, después de la declaración de guerra. Esta voz era: ¡A Lima, a Chorrillos!”.

Aquellos tiempos, en la versión de Caivano, los nombres de Lima y Chorrillos fueron siempre motivo de envidia y de odio para casi todos los chilenos, las mujeres chilenas soñaban con pasar una temporada en el balneario más hermosos de esta parte del subcontinente, “Chorrillos, mansión de delicias por excelencia de la alta sociedad de Lima durante la estación de baños(verano), era la dolorosa pesadilla de la generalidad de las mujeres chilenas”.

Tomás Caivano destaca los sentimientos negativos de las mujeres chilenas hacia la limeña: “(…) la mujer chilena conocía perfectamente que era menos buena, menos bella y menos graciosa que la limeña; y envidiosa de sus femeniles triunfos, su único y ardiente deseo era ver destruido aquel Chorrillos, donde la odiada limeña reinaba durante cuatro meses del año en todo el esplendor de su bondad, de su belleza y de su gracia”.

Durante esta guerra en la que se debió demostrar nuevamente la unidad nacional, se dieron las más grandes traiciones entre los conductores políticos y militares de la guerra. Hechos que a la larga contribuyeron a la derrota del Perú. La desafección, el odio, la improvisación y la traición entre peruanos fueron responsables de la derrota.

A lo largo del desarrollo de esta guerra existieron un conjunto de desaciertos y traiciones, de hijos que se consideraban preclaros, la crema y nata del patriotismo, sin embargo, solo eran politiqueros sembrando deslealtades, en busca de satisfacer apetencias, necesidades e intereses económicos y políticos, que contribuyeron con sus actos u omisiones a la derrota final.

El historiador Nelson Manrique, en un prólogo escrito para el libro del diplomático peruano Hubert Wieland Conroy (“El punto Concordia y la frontera entre Perú y Chile”) nos recuerda un hecho histórico catastrófico en plena guerra, “Entre 1879 y 1884, en plena guerra, tuvimos cinco presidentes (Mariano Ignacio Prado, Nicolás de Piérola, Francisco García Calderón, Lizardo Montero, Miguel Iglesias)”.

El presidente Mariano I. Prado se fuga del país el 18 de diciembre de 1879, pretextando compra de armas en Europa, deja un país inerme. La gravísima situación política creada por Prado, por su deserción fue muy criticada porque abandonó el país, traicionando la confianza del pueblo. Cierto, afectó a su familia, pero mucho más la moral de la nación. Un presidente que huye en plena guerra era un traidor.

Prado en su proclama dirigida al país al fugar del país de manera subrepticia, dijo:
“¡Conciudadanos! Los grandes intereses de la patria exigen que hoy parta para el extranjero, separándome temporalmente de vosotros en los momentos en que consideraciones de otro género me aconsejaban permanecer a vuestro lado. Muy grandes y muy poderosos son en efecto los motivos que me inducen a tomar esta resolución. Respetadla, que algún derecho tiene para exigirla así el hombre que como yo sirve al país con buena voluntad y completa abnegación…Al despedirme, os dejo la seguridad de que estaré oportunamente en medio de vosotros”.

El anciano general Luis La Puerta, vicepresidente de Mariano I. Prado, estaba enfermo, carecía de fuerzas para asumir tan grave responsabilidad, pese a gestión de notables de Lima no pudieron vencer su negativa. Esta situación fue aprovechada por Nicolás de Piérola para levantarse y hacerse del poder que tanto había perseguido en cinco insurrecciones.

Dice un antiguo adagio: “A rio revuelto ganancia de pescadores”, mediante un golpe de estado Nicolás de Piérola se hizo del poder, se declaró presidente regenerador, pero en sí, solo era un dictador más. Lo triste y grotesco a la vez, era que esta se realizaba para afirmar su proyecto político, en un momento grave para la república, en plena guerra.

El historiador italiano Tomas Caivano describe la actuación de Nicolás de Piérola así: “Piérola trajo consigo al frente del Estado todas las veleidades, todas las desconfianzas y todos los odios del antiguo conspirador, cosas que unida a una vanidad sin igual se erigieron en norma y guía principal de todas sus acciones”.

Nicolás de Piérola, en plena guerra hizo cambios en la administración del gobierno, nombrando nuevos ministros y reorganizó el ejército, colocando gente de su entera confianza que no estaban preparados en puestos claves, utilizó esta estrategia para mantenerse firme en el gobierno. Postergó a muchos oficiales, nunca los llamó, como los generales Manuel Beingolea y Fermín de Castillo que hubieran sido por su experiencia, muy valiosos en la defensa de Lima.

En diciembre de 1879 el diario chileno “El Ferrocarril”, publica una carta de Mariano Álvarez dirigida al contralmirante Montero. Un análisis del documento le permite al diario chileno criticar la actuación de Piérola indicando: “Desde que asumió la dictadura, el plan de Piérola no ha sido reforzar el ejército, sino organizar apresuradamente otro ejército en Lima que pueda contrabalancear la influencia de aquél”.

El diario trasmite su percepción respecto de las decisiones del gobierno de Piérola en plena guerra, “La organización del ejército y la distribución de los grandes puestos militares obedecen, ante todo, a ese interés político (…) La organización militar se subordina en todas partes a los intereses y ambiciones personales de los diversos círculos políticos”.

El 25 de abril de 1884 en el diario “El Nacional” publicó una denuncia pública en contra del dictador Nicolás de Piérola, hecho que pintaba de cuerpo entero al dictador, en su conducta abusiva y su espíritu veleidoso, y vanidoso. En enero de 1880 Piérola nombra al general de brigada Manuel Beingolea y Oyague como jefe del 2do ejército del sur, una de las medidas de reorganización del ejército.

En abril, Piérola ordena al general Beingolea que parta hacia Arequipa, para lo cual se embarcó en el vapor “Talismán”, nave de triste recordación porque este barco transportó desde Inglaterra armamento, uniformes y personal para una de las tantas revoluciones que había intentado Piérola a lo largo de su vida rebelde y contestataria.

Al llegar a Quilca el 14 de abril, el comandante de la nave Manuel María Carrasco se percata que en la caleta había tres naves enemigas. Realizada una junta de emergencia con los oficiales del ejército, por unanimidad se decide desembarcar en Pisco a donde arribó la nave el 16, para proteger el material valioso que transportaban.

En esta ciudad, el prefecto Mariano Martínez se comprometió en facilitarle mulas para el transporte del armamento, pese a las gestiones que realizó el general Beingolea, mediante radiogramas al dictador, el prefecto que al parecer seguía las indicaciones de Piérola, hacia largas a la entrega de acémilas. En lugar de entregar mulas le entregó borricos que no eran aptos para un transporte tan largo hasta Arequipa.

El general Beingolea puso en conocimiento de Piérola esta demora, ocasionado por la lentitud del prefecto en conseguir mulas. El dictador le ordenó que siguiera su marcha y que el prefecto Martínez le enviaría el cargamento a su punto de caída. Había llegado a la hacienda Ocucaje, cuando recibió un telegrama de Piérola que lo relevaba del mando, siendo reemplazado por el coronel Segundo Leiva, regresó Beingolea a Ica y luego a Lima.

El general Beingolea al presentarse a Piérola fue denostado y maltratado de manera abusiva por el dictador, “Este señor me recibió con altura, con todas las ínfulas de un verdadero dictador, diciéndome ‘su conducta ha sido mala general’(…) Era la primera vez en mi larga vida de soldado  que se me trataba con exabrupto, de manera tan injusta, tan indigna, tan poco en armonía con el lenguaje que debe utilizar un mandatario que se respeta, tan poco en armonía con los fueros de mi elevada posición y de mi acrisolada honradez y lealtad”.

Al general Beingolea se le abrió un sumario, la investigación estuvo a cargo del coronel Manuel Eugenio Velarde encargado de la investigación, quien estableció tres puntos que fueron la base de la acusación: “Mi recalada de Quilca, Mi demora en Ica y mi mala conducta”.

El coronel Segundo Leiva que reemplazó al general Beingolea en la 2da división del sur, se estableció en Arequipa, desde este cómodo lugar, alejado de la guerra, hizo oídos sordos a los telegramas urgentes del coronel Francisco Bolognesi desde Arica, no sabemos si fue por cobardía, por temor, o por cumplir indicaciones del dictador Nicolás de Piérola, enemigo del contralmirante Montero, a quien tampoco quiso apoyar, por celo político.
“Arica, 3 de junio de 1880.- Prefecto. - Arequipa. - Avanzadas enemigas se retiran. Continúan siete buques. Apure Leiva para unírsenos. Resistiremos. - Bolognesi.

Arica, 5 de junio de 1880.- (Recibido en Arequipa el 5.- Prefecto. - Arequipa. - Apure Leiva. Todavía es posible hacer mayor estrago en enemigo victorioso. Arica no se rinde y resistirá hasta el sacrificio. - Bolognesi”.

El coronel de guardias nacionales Agustín Belaunde, quien estaba al mando del batallón “Cazadores de Piérola”, y era pierolista, en la junta de guerra que se realizó para decidir la defensa de la plaza de Arica, tuvo una opinión discordante con la mayoría, fundo su voto en la capitulación, alegando que perdida la esperanza de apoyo de Leiva o Montero, opinó que era pueril que las escasas tropas que defendían Arica podrían detener a las fuerzas chilenas, qué fue, falta de patriotismo, temor o cobardía frente al enemigo.

“Al saber que por razones de orden disciplinario se había decretado su arresto a bordo del monito ‘Manco Cápac’, no esperó la notificación del caso: desertó de su cuerpo en circunstancias que el enemigo asediaba la plaza”. Fue un cobarde desertor, que huyó abandonando a sus tropas. Aprovechó que era compadre de Piérola, en 1896, con el apoyo de este Agustín Belaunde fue diputado al congreso por Tayacaja.

Otro hecho nefando, innoble y traicionero fue el que protagonizó el general boliviano Hilarión Daza. El general Daza en octubre de 1879 se encontraba en Tacna al mando de sus tropas. Mariano I. Prado le ordena desplazarse al sur y encontrarse con las tropas del general Buendía en Pisagua, si hubiera llegado quizás el resultado de la batalla de San Francisco hubiera sido otro.

José Vicente Ochoa periodista boliviano escribió “DIARIO de la Campaña del Ejército Boliviano en la GUERRA DEL PACÍFICO”, donde recogió el testimonio del general boliviano Juan José Pérez, quien hizo graves impugnaciones a la conducta de Daza en la conducción de sus tropas al haber regresado de Camarones a Tacna motivado no por cobardía sino por haberse puesto de acuerdo con el enemigo, traicionando doblemente a su patria y al Perú.

“En Camarones Daza engañaba al ejército haciéndole creer que era llamado por Prado, para combatir a los chilenos en Sama; y al general Prado le decía por telegrama que sus soldados se habían sublevado y que los jefes rehusaban seguir la marcha”. El general Daza antes de salir de Tacna habría sido abordado por agentes chilenos que lo habrían convencido para nunca llegar a Pisagua.

El 18 de noviembre de 1879 el diario “El Mercurio de Valparaíso” publica el siguiente telegrama 16,799. “TELÉGRAFO TRASANDINO. Santiago, noviembre 18 de 1879. Se han tomado todas las medidas necesarias para que el ejército de Daza que salió de Tacna, no se una con el ejército de Iquique. Se ha suspendido la movilización del batallón cívico de Curicó”.  Chile no necesitaba más fuerzas para movilizar hacia Pisagua, había comprado un traidor.

El 31 de agosto de 1882 el general Miguel Iglesias dirige una proclama a los ciudadanos del país desde Cajamarca, fue bautizado el grito de Montán. En esta carta pública, Miguel Iglesias hace conocer las razones para la firma de la paz con los chilenos y expresa que después de la batalla de Chorrillos, prisionero del enemigo es conducido para interceder por la paz con el enemigo: la paz “como único medio de conjurar los descalabros sin cuento a que una loca obstinación iba a precipitarnos”.

La posición mas clara del general Iglesias para finalizar la guerra era la firma de la paz sin importar ceder territorio nuestro a la voracidad chilena, sin importarle el honor y dignidad nacional. No se trataba de un simple terrenito como aseguraba el general Iglesias en su manifiesto, sino de parte importante de nuestro territorio que contiene ingentes riquezas mineras.

No existe alto, bajo o falso honor, como sostiene Iglesias en su manifiesto, si bien es cierto que la ocupación chilena ha hollado nuestro territorio, lo único que muestra su proclama es una manifiesta sumisión a las fuerzas de ocupación, de sometimiento a los interese foráneos, de aceptar entregar territorios a cambio de una paz bajo presión de las bayonetas chilenas:

“Se habla de una especie de honor que impide los arreglos pacíficos cediendo un pedazo de terreno, y por no ceder ese pedazo de terreno que representa un puñado de oro, fuentes de nuestra pasada corrupción, permitimos que el pabellón enemigo se levante indefinidamente sobre nuestras más altas torres desde el Tumbes hasta el Loa; ¡que se saqueen e incendien nuestros hogares, que se profanen nuestros templos, que se insulte a nuestras madres, esposas e hijas! Por mantener ese falso honor, el látigo chileno alcanza a nuestros hermanos inermes; por ese falso honor, viudas y huérfanos de los que cayeron en el campo de batalla, hoy desamparados y a merced del enemigo, le extienden la mano en demanda de un mendrugo”.

Durante las conversaciones entre Jovino Novoa plenipotenciario chileno y su gobierno, se establece el sumo interés en apoyar un gobierno presidido por el general Miguel Iglesias y lo estiman como objetivo primordial de ese gobierno, así lo expresa el telegrama que envía el 24 de enero de 1883: “En buenos términos le decía Novoa, en nuestras manos está hacer o no gobierno a Iglesias, quien por supuesto no tendrá alas para volar sino cuando en forma conveniente hubiese aceptado las bases de Chile”.

Recibido en Santiago el telegrama de Jovino Novoa, el presidente de Chile Santa María le contestó el 15 de febrero 1883: “Creo que estamos en la misma cuerda i por ahora no veo a que otra parte pudiéramos llevar nuestros esfuerzos, No queda más que Iglesias digan lo que quieran sobre él los de aquí y los de allá. Es el único hombre que tiene coraje para decir lo que siente y que lo tendrá para hacer lo que crea conveniente. Nosotros debemos fortificarlo y ver modo que su poder sea absoluto y verdadero en todo el Norte. Si logramos darle cuerpo debemos apresurarnos a tratar con él que, si mañana cae porque sus mismos paisanos lo tumban, no por eso dejará de ser cierto, verdadero y eficaz el tratado que habríamos firmado”.

El presidente Santa María tenía la seguridad que Francisco García-Calderón preso en Chile y Nicolás de Piérola no firmarían un tratado de paz de acuerdo con sus exigencias leoninas y en telegrama enviado a Patricio Lynch le ordena empeñarse en apoyar a Iglesia, condiciones de ajustar con él la paz. Todos nuestros esfuerzos deben en estos momentos dirigirse en este sentido.

Mientras tanto, las conversaciones entre Jovino Novoa y Castro Zaldívar cuñado y representante de Miguel Iglesias, según Gonzalo Bulnes, fueron el inicio de negociaciones de paz, al estimar que entre ambos había desaparecido la desconfianza.

Se hizo necesaria la repatriación de José Antonio Lavalle, y José Antonio García y García. El primero aceptó regresar, no así García y García. Por lo que, tuvo que levantarse la repatriación a Andrés Avelino Aramburú. Esta acción la toma Chile para dar autoridad política al acuerdo, Lavalle representaba al partido de Piérola y Aramburú era un destacado periodista, director del diario El Nacional.

En el tomo II-capituló IV- Pág. 286, de la colección Pascual Ahumada Moreno, publica la carta que remite Mariano Álvarez el 31 de diciembre de 1879, al Contralmirante Montero que se encontraba en Arequipa, haciéndole conocer las actividades que venía realizando en Lima, organizar una asociación para acopiar víveres, vestuario, calzado y enviarle a la brevedad, sabiendo las necesidades urgentes; para ello, solicitó a particulares una contribución. A esos niveles llegamos en esa guerra.

También le comunicó que el nuevo gobierno tenía planeado enviar al 3er ejército del sur dinero y vestuario y no víveres porque en consideración de Piérola, en el sur abundaban los suministros y no era necesario, Álvarez le pedía a Montero mantenerse en coordinación a fin de satisfacer lo que la mezquindad del gobierno le negaba.

Le informa las medidas que había tomado el dictador Nicolás de Piérola contra la prensa por publicarse los diarios sin la firma que exigía el Estatuto Provisorio. Había dispuesto la detención de los directores de los diarios; además, le da a entender que Piérola con las facultades omnímodas, sus acciones negativas, se iba desprestigiando.

Le informa que Nicolás de Piérola, presidente de facto, sentía desconfianza y celo por el Contralmirante Montero, “Pero Piérola, que no puede dejar de conocer que si usted triunfa sobre los enemigos su poder desaparecerá en el instante, hará todo lo posible por privar a usted de los medios de acción y retardará por lo mismo, la guerra cuanto pueda, con gran riesgo de la causa nacional”. La guerra era contra Montero y contra los chilenos.

Otro hecho que configura la traición es la que narramos a continuación, Andrés Avelino Cáceres, se encontraba luchando contra las fuerzas chilenas en la zona andina, desde Izcuchaca el 6 de febrero de 1882, le dirige dos cartas al pierolista coronel Arnaldo Panizo quien permanecía en Ayacucho. Las fuerzas al mando de Panizo habían pasado bajo el mando de Cáceres, sin embargo, Panizo no le reconoce autoridad y no se incorpora a la organización del ejército de resistencia.

Panizo desafía la autoridad de Cáceres, pese al acta de sometimiento a la autoridad de Cáceres, demorando de esta manera incrementar las fuerzas de resistencia y hacer frente a la expedición chilena “que se enseñorea actualmente, con todo su cortejo de horrores, en el departamento de Junín, ondeando por segunda vez al yugo humillante de una invasión refractaria hasta los más vulgares sentimientos de humanidad”.

Cáceres muy dolido por la indolencia de Panizo, finaliza la carta diciendo “Por desgracia, han podido más en el ánimo de V.S. consideraciones de otro género que los preceptos del sagrado deber de salvar a la patria, entregada a los azares de una guerra de depredación y de conquista”.

Cáceres escribe la segunda carta a Panizo desde Huancavelica el 11 de febrero de 1882, en ella le indica que su actitud se había convertido en un obstáculo para lograr la unidad, era contrario al interés nacional empeñada en agrupar a todos los peruanos alrededor del gobierno provisorio, claro está, con la sola excepción de las fuerzas de Panizo,

“Cuando la desgracia común toca a las puertas de la nación, revestida con los horrores de una guerra implacable de devastación y conquista, no hay derecho ni tiempo para entrenerse en combinaciones de política. Acudir al peligro con el concurso común, no absoluta prescindencia de colores y banderas de partido es el único deber que reclaman los esfuerzos todos del patriotismo”.

Pese a todos los esfuerzos realizados por Cáceres, sus deseos se estrellan contra la indiferencia estoica de Panizo este no se conmueve con nada, permanece en Ayacucho, no mueve un dedo para apoyar a Cáceres, no sabemos si es por cobardía, temor a las tropas chilenas o seguía siendo leal a Piérola.

Como se ha referido, Panizo desconoce la autoridad de Cáceres en los departamentos del centro y la del gobierno provisorio. Finalmente, Cáceres hace responsable a Panizo “ante Dios y los hombres de las consecuencias que sobrevengan, y dejándole la triste satisfacción, si llegase el caso, de coronar la sangrienta obra de los chilenos, victimando al ejército de mi mando con el arma que el de V.S. Se ha negado blandir ante el enemigo”.

A lo largo de estas líneas hemos referido algunos hechos solo de la guerra con Chile que configuran la traición, el odio y la envidia que llevaron a ese país a declararnos la guerra, y cómo los líderes militares y civiles de la república, prefirieron dar rienda suelta a sus debilidades y apetencias de poder, en lugar de buscar la unidad nacional para enfrentar al enemigo. Los resultados hoy los conocemos.

Qué aprendió el Perú de todo esto, que aprendieron las autoridades, líderes políticas, empresariales, la población misma, diríamos muy poco, casi nada, la misma desafección por la patria, la envidia, odios y rencores no cesan, el país sigue enfrentado, no existe ni existirá reconciliación alguna.
Hay un sector anti todo que está presto a lanzar sus dardos envenenados en el pecho a quienes no concuerdan, no comulgan con sus ideas. Vivimos en el siglo XXI, pero parece que hemos retrocedido a la barbarie política, al linchamiento judicial, a la burla y denigración pública.

Está triunfando el odio entre peruanos, gracias a campañas mediáticas, parece que la violencia subversiva, terrorista antipatriota hubiera tomado la conciencia colectiva de un sector de la población, nos parece que se hubiera mimetizado en organizaciones que persiguen el poder político para implantar ideas trasnochadas, fracasadas en otras latitudes y todos bien gracias. Así estamos en pleno siglo XXI y a escasos años del bicentenario, nada menos.


miércoles, 12 de septiembre de 2018

El sacrificio del Almirante Miguel Grau Seminario


“Con la vocación de marino, con su amor a la patria, y con la voluntad de servirla; con su veraz profesión religiosa, con su sencillez humana, el espíritu de familia, el sentido de familia, integran la estructura esencial del gran peruano”
Luis Alayza y Paz Soldán.




Por: Arturo Castro

El historiador José Agustín Candamo, relata una conversación de nuestro Almirante Miguel Grau Seminario con su amigo Francisco Paz Soldán, en idioma francés pues ambos habían vivido en París y dominaban el idioma, sobre el tema de moda, la guerra. Asumimos que la conversación era privada y se realizaba según el relato en una casa de  la calle Belén. 

En esa conversación que se realizó días antes de partir y librar el combate de Angamos, Paz Soldán al despedirlo en la puerta, le dijo “Va Ud. A cosechar muchos lauros, Contralmirante. Tout est perdu, contestó Grau. Me voy para no volver. Esta mañana he comulgado en los Descalzos y estoy preparado para entregar mi alma a Dios. Explicó luego que el Monitor estaba en malas condiciones y con el casco sucio, lo que le quitaba las ventajas de su velocidad; pero que se tenía noticia de la próxima salida de un gran convoy chileno con fuerzas para invadir al sur del Perú, y no había más que hacer que lanzarse al sacrificio”. “Hildebrandt en sus trece” 11/12/2015

En 1885 Manuel González Prada escribe una semblanza de nuestro héroe, “Estaba condenado a morir”, en ella elogia a Miguel Grau elevándolo al sitial de los patricios que han marcado un derrotero a nuestro país y a la humanidad en diferentes latitudes del orbe: “Épocas hay en que todo un pueblo se personifica en un solo individuo, Grecia en Alejandro, Roma en César, España en Carlos V, Inglaterra en Cromwell, Francia en Napoleón, América en Bolívar. El Perú en 1879 no era Prado, La Puerta, ni Piérola, era Grau”.

El 8 de octubre de 1879 Miguel Grau se enfrentaba a su destino, se batía como un león en el océano frente a Punta Angamos, combatiendo con su tripulación contra toda la flota chilena que lo había cercado y cuyas naves eran muy superiores al “Huáscar”. Estaban el Blanco Encalada, la Covadonga el transporte Matías Cousiño, el Cochrane, O’Higgins y Loa.

El marino estadounidense Theodorus Bailey Myers, observador imparcial del conflicto, relata en su obra ‘Guerra en el Pacífico Sur’, el combate de Angamos con gran detalle, y realismo, reconociendo la valentía, heroísmo y espíritu de lucha de Miguel Grau y su tripulación durante el combate frente a la flota chilena.

Del relato de Theodorus Bailey podemos establecer algunos alcances: 
Las dos divisiones en que se había organizado la escuadra chilena se abastecieron de carbón la noche del 7 de octubre en Mejillones. La primera división conformada por los buques más lentos: Blanco, Covadonga y Matías Cousiño, al mando del capitán de navío Galvarino Riveros. La segunda división conformada por el Cochrane, O’Higgins y Loa, al mando de La Torre Benavente.

La primera división salió a las 10.00 de la noche del 7, la segunda división salió a la 1 de la madrugada del 8. A las 03:30 el Blanco Encalada avista dos humos al sur acercándose a Punta Tetas, distante seis millas. Al amanecer reconocen al Huáscar, este navegaba en dirección suroeste, manteniendo una velocidad de 10 ¾ nudos y 60 revoluciones y una presión de 2,5 libras de vapor. El Blanco y la Covadonga lo siguieron a 7 ½ nudos.

A las 05:40 de la madrugada, viendo Grau que se distanciaba rápidamente de sus enemigos, cambió de rumbo, redujo la velocidad de la maquina bajando las revoluciones a 55. Como había estado en cubierta toda la noche, descansó. A las 07:15 se vieron nuevamente humos en el horizonte hacia el noroeste y a las 07:30, después de virar al oeste, reconocieron al Cochrane y sus acompañantes. El Huáscar fue avistado por los vigías de la nave enemiga. Enviaron al Loa en reconocimiento.

Miguel Grau enfiló su nave hacia el Loa; pero, observando que el Cochrane navegaba mucho más rápido, de lo que suponía Grau por sus informaciones, cambió de rumbo al este.  La Unión que iba a la aleta de babor del Huáscar, cambió de rumbo y velocidad a las 07:45, colocándose al estribor del Monitor. La Unión siguiendo ordenes de Grau continuó hasta Arica, perseguido de cerca por el O´Higgins y el Loa hasta el anochecer, sin lograr alcanzarlo.

A las 09:10 el Cochrane se había aproximado a menos de 4 mil yardas con intenciones de cortarle la proa, Grau ordenó zafarrancho y se dirigió a la torrecilla. A las 09:25 el Cochrane se había acercado a 3 mil yardas (1.481 millas marinas, unos 2743.2 metros). El monitor abrió fuego con los cañones de la torre, su segundo disparo rebotó en el Cochrane, ingresó por la proa, atravesó la cocina, causó averías menores. A esa misma hora el Blanco estaba a 6 millas y dirigiéndose al combate.

El Cochrane no respondió al fuego, más bien se acercó manteniendo su rumbo hasta situarse a 2 mil yardas. Uno de sus tiros penetró el blindaje a babor, explotó y causó incendio en la torre, saldo 12 heridos. Un disparo del Huáscar con una granada Palliser disparada a 600 yardas, dio en el costado del Cochrane, causando una hendidura de 3 pulgadas en el blindado que quedó abollado.

Alas 09:40 el Huáscar vira a babor para espolonear al Cochrane, este cambia de rumbo para eludir el ataque, siguiendo rumbo paralelo al Huáscar. A las 09:45 en la torrecilla donde se encontraba Miguel Grau cae una granada volando en pedazos al gran Almirante. El mismo tiro dio muerte al teniente Diego Ferré, ayudante de Grau y que estaba en el timón de combate.

Este tiro fatídico, cortó el timón de combate y el Huáscar escoró a estribor, navegó lentamente hacia el este, luego de algunas reparaciones cambió de rumbo al norte, pero otro tiro atravesó la faja de blindaje de la torre que apuntaba a babor, en la parte mas protegida a la izquierda del cañón derecho, hiriendo y matando a la mayoría de los artilleros, entre ellos al capitán Melitón Carbajal, el cañón derecho quedó fuera de servicio.

El Cochrane trató de espolonear al Huáscar en ángulo recto disparando su cañón delantero a estribor a 200 yardas. Otros tiros de los cañones de babor atravesaron el blindaje del Huáscar, destrozando el brazo de acero del timón. El Huáscar escoró a babor. Otra granada traspasó el blindaje en la parte delantera de las máquinas, matando a varios marineros, hiriendo al cirujano Távara.

A las 10:10 de la mañana el Blanco llegaba a la escena del combate, con intención de espolonear al Huáscar, este al ver la intención de la nave enemiga viró en su dirección para espolonearlo. El Blanco se inclinó a estribor, pasando a 25 yardas de distancia del Huáscar, aprovechó esta posición para ametrallar la popa del Huáscar, hiriendo y matando a los hombres del timón y a los heridos que estaban en el alcázar.

Mientras los buques chilenos disparaban a su libre albedrío. A las 10:25 cayó abatida la bandera del Huáscar y por algunos instantes parecía rendido, desalentado, cesó el fuego enemigo, uno de los cargadores se dirigió a popa para izar otra bandera en el tope. La sucesión de oficiales en el mando prosiguió, en la nave había incendios por momentos parecía ingobernado.

La Covadonga llegó al combate tarde, quiso hacerse presente aprovechando que el Huáscar aún cercado, respondía al fuego enemigo.  El teniente Pedro Gárezon al apreciar la situación gravísima del monitor y para evitar que caiga en manos enemigas, indicó al teniente Ricardo Herrera, que le ordene al jefe de ingenieros hunda la nave.

El ingeniero Mac Mahon y su ayudante de inmediato abrieron la válvula circular de los condensadores, fue necesario parar la máquina, cuando trabajaban en el mecanismo de la válvula principal de inyección, intervino el teniente Simpson del “Cochrane” quien, amenazado a la tripulación con pistola en mano, evitó que la nave se hunda.

Una vez que el “Cochrane” tomó por la aleta al “Huáscar” lo inmovilizó y este se convirtió en blanco fácil para los chilenos, quedando a merced de sus enemigos, que odiaban tanto la figura de ese pequeño buque que se había convertido en su más grande pesadilla, y a su fiero comandante que encontró la muerte en la lucha. La clase política y los directores de la guerra chilenos pudieron tranquilizar su temor.

“El espectáculo en el Huáscar en el momento de ser abordado era terrible. No había una sola yarda en su obra muerta que no mostrara marcas de haber sido alcanzado por las balas. La chimenea y la torrecilla estaban casi destruidas, los botes habían desaparecido y los pescantes habían caído al agua o se retorcían en formas irreconocibles. El mástil estaba acribillado a balazos y los cadenetes a babor habían caído al mar, pero por extraño que parezca, los nervios y estayes estaban intactos”.

Dice Manuel González Prada, “En el combate homérico de uno contra siete, pudo Grau rendirse al enemigo, pero comprendió que por voluntad nacional estaba condenado a morir, que sus compatriotas no le habrían perdonado el mendigar la vida en la escala de los buques vencedores”.

Prosigue González Prada, “Sin Grau en Punta Angamos, sin Bolognesi en el Morro de Arica, ¿Tendríamos derecho de llamarnos nación? (…) Sin embargo, en el grotesco sombrío drama de la derrota, surgieron de cuando en cuando figuras luminosas, simpáticas. La guerra con todos sus males nos hizo el bien de probar que todavía sabemos engendrar hombres de temple viril”.

El Cochrane disparó cuarenta y seis granadas y el Blanco treinta y uno, solo un tercio dio en el blanco que era el Monitor del total de setenta y siete tiros de naves chilenas. Las naves enemigas utilizaron bombas Palliser. El Huáscar disparó casi cuarenta tiros, que no hicieron mucho efecto en los acorazados chilenos. Por la noche los buques chilenos con su presa fondearon en Mejillones.

En 1889, diez años después del sacrificio de nuestro Almirante Miguel Grau y su tripulación en Punta Angamos, dejando lecciones de patriotismo y amor a nuestra patria, una cañonera argentina visita el puerto de Valparaíso, como es usual en este tipo de eventos, el cónsul argentino prepara un ágape para la tripulación, invita a ofíciales chilenos y solo asiste el Comandante General de la marina chilena.

El diario El Independiente de Santiago relata un hecho inusual hasta entonces desconocido y que pudo causar graves problemas en las relaciones argentino-chilenas. Estaban reunidos en el Club Valparaíso los oficiales de la cañonera argentina. Un parroquiano emocionado por la presencia de los marinos argentinos propuso un brindis por el general San Martín, porque simbolizaba la fraternidad de Chile y Argentina. Brindaron en nombre del santo de la espada.

Se levantó un marino argentino para responder el brindis, pidió una copa para brindar por otra figura inmortal de la historia americana, “por un héroe legendario, cuya gloria bastaba por sí sola para dar honor a un continente, un guerrero sublime, Por un héroe eminentemente americano…, por el inmortal marino a quien todos los que seguimos la carrera del mar debemos tomar como ejemplo y como modelo, señores por Miguel Grau”.

Las copas levantadas de los asistentes y marinos chilenos regresaron llenas hacia la mesa, se elevaron voces en protesta por tamaña afrenta en el local, en su patria y en su puerto, mientras una mueca de desazón y desagrado pintaba sus rostros hoscos y una mirada escrutadora se dirigía a la delegación argentina, porque ellos habrían querido escuchar el nombre de Arturo Prat.

Aunque el comandante de la nave argentina intentó explicar que su subordinado se había equivocado, que seguro se refería al heroico almirante Arturo Prat, fue corregido por el oficial que hizo el brindis, quien afirmó su elogio a Miguel Grau nuestro epónimo héroe de Angamos, con lo que la reunión terminó con caras largas y amargadas de chilenos y la tripulación argentina se retiró a su nave a descansar. Un brindis que pudo desatar una guerra. “Hildebrandt en sus trece”. 7/8/2015.

Por su parte nuestro historiador Jorge Basadre hace una brillante panegírico de Miguel Grau que permite mantener viva la inspiración moral que requiere nuestra nación, aun en momentos álgidos y de peligro, “Al estudiar lo que hizo, preciso es recordar con qué elementos trabajó y cabe preguntarse qué hubiera sido del Perú con Grau en un barco como el “Cochrane” o el ‘Blanco Encalada’”.

El historiador y propagandista chileno Benjamín Vicuña Mackenna dice al respecto, “Insondable fue el desaliento que causó en todas las clases del Perú la pérdida del Huáscar. El barco había pasado a la categoría de mito, y su adalid a la de un verdadero semidios. Llevado su nombre en alas de la fama especialmente a las regiones americanas en que Chile no era amado, el contralmirante Miguel Grau había sido ascendido a la condición de los inmortales antes de sucumbir, y cuando un trozo de fierro disipó su vida como un átomo de humo, se consagraron votos públicos en las catedrales de casi toda la América que fue antes española”.

El 12 de octubre mediante telegrama llegó la noticia a Arequipa en él se daba cuenta sobre sobre la muerte de Grau y captura de su nave legendaria el Huáscar en manos chilenas. En el telegrama enviado por el coronel Aquiles Méndez indicó que el Huáscar había caído después de siete horas de lucha, agregando lo siguiente:

“¡Honor al bravo Huáscar en la mansión de los héroes, donde sus valientes tripulantes habrán recibido de Dios el premio de sus virtudes militares! Gloria al honor de la patria enaltecido por un puñado de valientes que serán imperecederos con la gratitud nacional”.

Después de casi 6 meses de recorrer victorioso nuestro vasto océano, inmovilizando a la flota chilena en sus puertos, amedrentando y desesperando a las autoridades chilenas debido a las hazañas del marino peruano, finalmente Miguel Grau y su Monitor entraron en la historia, legándonos un ejemplo de honor, patriotismo, humanidad y heroísmo. Con justicia es nombrado el peruano del milenio.
¡Gloria a Miguel Grau!

Foto: Busto del Almirante Miguel Grau. Plaza Iberoamericana. Sydney-Australia
Colección Arturo Castro